16 octubre 2012

"Le saqué los ojos para salvarlo"




María del Carmen muestra arrepentimiento a ratos. En un momento, con la voz quebrada y agobiada por la situación, dice no saber nada de lo que ha sucedido; en otro, habla con tono autoritario y, convencida de que el fin del mundo está cerca, afirma que quien no respete a Dios se hará acreedor a un castigo.
En una de esas sacudidas de su mente y ante la mirada sorprendida de policías ministeriales, suelta una letanía religiosa-apocalíptica: “el próximo lunes (28 de mayo de 2012) se va a registrar un terremoto que va a acabar con el mundo. Tenemos que orar y mostrar cierto respeto a Dios”.

Luego, sin advertirlo siquiera, hace su confesión de los hechos: “Todos tenemos que tener un respeto a Dios y si no es así, pues debemos recibir un castigo. En este caso mi hijo fue irrespetuoso y no obedeció cuando le ordené que cerrara los ojos para orar profundamente, por eso se los saqué”.

En su demencia, asegura que Dios le predijo el fin del mundo, por lo que tenían –ella y su familia– que ser purificadas tres días antes de que llegara el fin. Dice además que tiene poderes sobrenaturales que le permiten tener contacto con Jehová a través de la oración.

RITO SATÁNICO

A estas alturas, la noticia ya dio la vuelta al mundo: el pasado jueves 24 de mayo, durante un ritual religioso –algunos han asegurado que satánico–, María del Carmen Ríos García, de 28 años, le arrancó los ojos a su hijo Fernando, de cinco. Debido a que el niño  no los cerró mientras oraban, como se lo había ordenado, se vio obligada a sacárselos para purificarlos. 

No hubo piedad. Recostó a su hijo en la mesa de la cocina y ahí mismo le sacó los ojos con sus propias manos. Un miembro del equipo de rescate municipal aseguró que se ayudó con una cuchara.  

Fuera de sus cabales, poseída, trastornada, seducida, entorpecida, la madre desoyó los gritos suplicantes de su hijo y labró sin saberlo el horrible futuro que ahora le espera. Su hermana Lizbeth la ayudó sosteniendo la cabeza de su sobrino, quien no paraba de retorcerse de dolor. “Quería salvarlo”, repite la madre una y otra vez durante uno de sus instantes de locura.

Los lamentos, los rezos y las plegarias formaron un ruido tan intenso que llegaron hasta afuera de la casa, ubicada en la calle Graciano Sánchez, en San Agustín Atlapulco, una de las colonias más marginadas del municipio de Nezahualcóyotl en el Estado de México.  

“Oímos los gritos y un muchacho salió corriendo a pedir ayuda”, relató una vecina. El muchacho era Jesús Ríos García, el tercero de los cuatro hermanos que estaba en el ritual, quien espantado ante la sangrienta escena solicitó auxilio.  

Las autoridades no tardaron en llegar. El mismo Jesús fue quien les abrió la puerta de la casa. La imagen permanecerá en la mente de los policías durante el resto de sus días: María del Carmen, con crisis nerviosa, abraza a Fernando, quien sangra abundantemente de sus cuencas. El ojo izquierdo lo ha perdido completamente, mientras que el derecho cuelga, inservible, afuera de su órbita. El niño, pese al enorme dolor que siente, permanece consciente todo el tiempo; serán momentos que tampoco podrá olvidar mientras viva.

Junto a ellos, ocho personas se encontraban en el interior, entre ellas dos menores. Los mayores “estaban en estado psicótico” y aún rezaban por la humanidad con palabras incoherentes. Uno de ellos sugirió: “vamos a matar al niño para sacarle el demonio, hay que evitar un terremoto para salvar este mundo terrenal”. 

Fernando como ofrenda a Jehová para salvar al mundo. Y eso apenas era el principio.  María del Carmen pensaba ofrendar a su otro hijo, de ocho años, y a un bebé de 10 meses, hijo de su hermano. Todos fueron detenidos inmediatamente y conducidos por la policía en estado de trance, “como drogados”.  

RESCATE AÉREO

El niño, en tanto, fue llevado al hospital general La Perla, en Nezahualcóyotl, pero por la gravedad de sus lesiones fue trasladado en un helicóptero al hospital de pediatría de Tacubaya en el Distrito Federal, donde le realizaron una limpieza en las cuencas. Ahí, los médicos detectaron que, debido a la brusca extracción de los globos oculares, comenzó a derramarse líquido cefalorraquídeo, lo cual podría provocar daños cerebrales irreversibles.    

Por ese motivo fue llevado al hospital de Legaria, donde lo intervinieron quirúrgicamente para cerrar la herida de donde salía el líquido cerebral. “Había una fístula, la cual fue cerrada, con lo que se garantizó que no haya mucho mayor daño”, explicó el doctor Gabriel O’Shea, secretario de Salud del gobierno mexiquense, en conferencia de prensa conjunta con el gobernador Eruviel Ávila y el secretario de Salud del Distrito Federal, Armando Ahued.

Una vez superado este problema, se concentraron en tratar de salvar la visión del único ojo que aún tenía consigo. Todo fue imposible. No había nada que hacer. Fernando no volverá a ver nunca más, aunque él todavía no lo sabe.

Después de su operación, Fernando despertó y pidió unas crayolas para dibujar. No tiene conciencia de lo que ha pasado y sólo pregunta por qué no ve y por qué le duelen los ojos. Las enfermeras le acarician la cabeza, lo toman de las manos, pero no saben qué responderle. 

Los médicos han dicho que, antes de anunciarle la pérdida de sus órganos, tendrá que recibir atención psicológica. Indicaron que será necesario colocarle conformadores en las cavidades para evitar que se pierda el espacio para los ojos, los cuales serán sustituidos por prótesis. Éstas serán donadas por el Instituto Oftalmológico Conde de la Valenciana. En un máximo de siete días, Fernando será llevado al Estado de México, donde le serán colocados sus implantes.

Lo terrible para Fernando no será vivir en plena oscuridad el resto de su vida, sino ver  cada noche la imagen enfurecida de su madre agrediéndolo. Ese fue el último recuerdo que se llevó de este mundo cruel… (Juan Carlos Aguilar García)


15 octubre 2012

Günter Wallraff: el maestro del engaño


En octubre de 1985 la publicación de un libro provocó una verdadera conmoción en Alemania. Se trataba de un crudo relato que a través de Alí, un inmigrante turco, narraba a detalle la discriminación y el racismo que se ejercían sistemáticamente contra los extranjeros en aquel país.

Una incómoda radiografía que en poco tiempo vendió más de dos millones de ejemplares y que hasta ahora ha sido traducida a 38 idiomas, convirtiéndose así en el mayor best-seller de la posguerra.

El libro era Cabeza de turco (en alemán Ganz unten, literalmente “En lo más bajo”) y su autor el periodista y escritor Günter Wallraff (1942), quien en su deseo de comprobar los prejuicios de la sociedad alemana, decidió despojarse de su personalidad y adoptar, durante dos años, la de Alí.

Experto en representar distintas identidades desde los años sesenta –desde entonces ya había suplantado varias personalidades que le permitieron descubrir violaciones a los derechos de los trabajadores–, Wallraff considera que cuando no es posible conseguir información, “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar y fingir para averiguar la verdad”.

La metamorfosis

En este caso, enmascararse de Alí significó sufrir en carne propia los maltratos y humillaciones que padecían los inmigrantes turcos. Sabía que no sólo no sería una tarea fácil, sino que conforme fuera avanzando en su método –que denomina “ciencia de la observación participativa”– las situaciones que enfrentaría serían cada vez más peligrosas.

Él mismo estuvo decidido a llevar la experiencia hasta las últimas consecuencias. Con una peluca, un bigote falso, una vestimenta desaliñada y hablando un alemán rudimentario, Wallraff (Alí) estuvo en una granja con las peores condiciones de trabajo, fue músico callejero en pleno invierno e incluso se atrevió a encarar a aficionados neonazis en un partido de futbol entre Alemania y Turquía en el Estadio Olímpico de Berlín.

Pero eso fue sólo el principio. Dispuesto a hacer los trabajos más insalubres, fue, entre otras cosas, trabajador en un McDonald’s, conejillo de indias en una farmacéutica, chofer de un traficante de hombres y obrero en la planta nuclear de Thyssen, donde los trabajadores –que además laboran sin ningún tipo de protección– cubren jornadas de más de veinte horas continúas por un sueldo miserable. 

Si bien es cierto que Alí es uno de sus personajes más representativos, en casi medio siglo de labor profesional ha realizado decenas de caracterizaciones que han sido descritas en varios reportajes.

Prueba de ello es Con los perdedores del mejor de los mundos (2009) en el que Wallraff da vida a una serie de individuos con los que pone al descubierto diferentes prácticas ilícitas y de corrupción.

En este nuevo reportaje Wallraff denuncia “el lado oscuro del supuesto mundo feliz de la opulencia” al trabajar en un Starbucks y en los principales Call center de Alemania, así como al disfrazarse de negro y de indigente. Literalmente descendió a la escala social más baja (se 
convirtió en un lumpen) e intentó convivir normalmente con la sociedad.

Recibió una bofetada en el rostro. Un portazo en las narices. “Respeto que existas, sé que tienes tus derechos, pero desaparece de mi vista”, era la respuesta que invariablemente recibía cada día, en una Alemania que se ufanaba de ser benévola con los extranjeros.

Maestro del disfraz

Son casi 50 años de despojarse de su propia personalidad y de adoptar otra. Casi una tercera parte de su vida no ha sido él, sino otro. Porque no sólo es disfrazarse, sino vivir la situación las 24 horas del día, durante el tiempo que sea necesario. ¿Es necesario llegar a este punto? ¿Por qué lo hace?

Asegura que, además de ir en busca de la aventura, su interés es revelar situaciones que de otro modo no podría denunciar. En una entrevista realizada por el periodista mexicano Marco Lara Klahr, habló Wallraff sobre su impulso por encubrirse.

“Creo que es más que el periodismo, se ha convertido en la tarea de toda mi vida, casi podría decirse que en una obsesión, no sé cómo definirlo. No me gusta utilizar el término de periodismo de ‘investigación’ o ‘revelación’. Muchos de mis esfuerzos por defender los derechos humanos los hice publicando un asunto, en otros casos logré mejorar algo sin necesidad de hacerlo.

“Mi método de trabajo se ha ido desarrollando durante mis primeros años de periodista, cuando empezaba a laborar en fábricas como trabajador alemán, en Ford, Siemens y Thyssen, y se publicaban mis artículos en periódicos de sindicatos. Sigue existiendo, sin embargo, el temor principal de mi vida, el que sigue apareciendo en mis sueños, que es el de ser descubierto”.


Respecto a la abierta subjetividad que implica su actividad –y que se opone a lo que dicta la concepción clásica del periodismo– afirmó en otro momento:


“Todo el mundo se implica de algún modo, tiene su orientación, su pertenencia. No pasa nada, sólo hay que decirlo abiertamente. Yo no pertenezco a ningún partido, pero me siento cercano a los débiles. No puedo comportarme como si existiera la objetividad absoluta. Los que más la predican suelen ser los más parciales, al final resulta que pertenecen a la corte de algún político que se los lleva de viaje para que se encarguen de la cobertura informativa. Esos saben por lo general más de lo que pueden contar: y que no se les ocurra irse de la lengua porque entonces tienen en el negocio los días contados”.


En todos estos años, Wallraff ha sido demandado en numerosas ocasiones por trabajar con una identidad que no le corresponde; “es ilegal”, acusan. Sin embargo, ha ganado todos los juicios porque el Tribunal Federal Supremo consideró que este método es justificable si la información revelada es más importante que el hecho de haber cambiado de rol.


Ha sido tan bien recibido su método de investigación que su apellido ya es un verbo: “wallrafear”, es decir, disfrazarse para conseguir información que de otro modo sería imposible obtener.


Ahora cientos de seguidores en todo el mundo siguen su ejemplo. Wallraff no está solo, como tampoco lo están los miles de desposeídos en quienes centran su trabajo.  

29 abril 2012

"Ya estoy cansado de hacer maldades"


“Ya estoy cansado de hacer maldades, ya estoy cansado de huir. Soy joven y quiero cambiar”, dijo, con apenas un hilito de voz, Jaime Cárdenas Pardo al periodista Víctor Hugo Hevia, quien pudo entrevistarse con él luego de que la Fuerza Especial de la Lucha contra el Crimen de Bolivia lo capturara fortuitamente tras dos años de intensas búsquedas.

En un momento de buenos deseos, de querer borrarlo todo y empezar de nuevo,  mencionó que trataría de concluir la escuela y después, tal vez, estudiar medicina. “Quiero ser útil, he hecho mucho daño”.


No mentía. A sus 23 años era dueño de un terrible historial delictivo. Alcohólico, drogadicto, golpeador y asaltante, Jaime –a partir de ahora el Jimmy– es también el frío asesino de 45 personas.


De ese cúmulo de crímenes, dos despertaron el miedo más profundo de todo un país por la saña con la que fueron cometidos: los asesinatos, el 9 de octubre de 2009, de dos estudiantes universitarias: Nairobi Alexis Muñoz Siles, de 21 años de edad, y Marfa Delgado Rosso, de 20.


Las agredió sexualmente y, con un resentimiento que no pudo controlar, les desfiguró el rostro a punta de cuchillo; según el forense, también les propinó golpes en la cabeza con una roca. Finalmente las asesinó y abandonó los cuerpos, los  cuales fueron hallados dos días después ante el desconcierto de las autoridades. No daban crédito. Una bestia andaba suelta y había que capturarla lo antes posible.


Sin embargo, tuvieron que pasar dos años antes de que la policía lograra su captura, tras un fortuito accidente. 




PSICÓPATA ASESINO

¿Quién es el Jimmy? ¿En verdad es el autor de todos los crímenes que él mismo se adjudica? Nadie sabe las respuestas. La única verdad es su perfil psicológico, que lo describe como un “asesino psicópata serial confeso” con transtorno antisocial de personalidad.   

Por eso, cuando la prensa dio a conocer que había logrado escapar, los bolivianos volvieron a vivir la pesadilla. Ahí estaban en la memoria colectiva los rostros ultrajados de las dos inocentes jovencitas. La pregunta sigue en el aire: ¿Quién es el dichoso Jimmy?

Todo comenzó algunos años atrás, desde el día mismo de su nacimiento. Es hijo de padres divorciados y tiene nueve hermanos. Desde los once años comenzó a beber alcohol y a los 14 ya había probado la marihuana y la cocaína, a las cuales se hizo adicto rápidamente.  

Según su propia declaración, comenzó a robar para llamar la atención de su padre y de su madrastra, lo cual, evidentemente, no funcionó. Lo que sí consiguió fue relacionarse con pandilleros a los que también les gustaba beber.    

Así, a los 14 años Jaime se convirtió en “El Jimmy”. Su primera víctima fue un hombre al que le robó el celular. Después, a los 19 años, asaltó a otro individuo para robarle su lap top; a éste lo asesinó.  

Fueron años de mucho alcohol y drogas. De asaltos y dinero fácil. Una espiral de violencia que no podía haber acabado bien. Por aquellos años planeó asaltar a las dos mujeres universitarias, pero algo salió mal y tuvo que asesinarlas.

Entonces, sin pensarlo, corrió sin rumbo fijo, dejando tras de sí un pasado que no le ofrecía nada bueno. Corrió hacia su futuro, que se antojaba promisorio: en poco tiempo tendría dinero suficiente para mantener a su hijito y con la posibilidad real de abandonar la vida delictiva. 




ESPIRAL DE VIOLENCIA

Mas nada de esto ocurrió. El novio de una de las universitarias que asesinó, planeó una venganza funesta: en agosto de 2010 mataron a su hijito con una puñalada en el pecho.

Con lágrimas en los ojos, dijo el Jimmy: “Cuando salió a la tienda, lo subieron a un auto para matarlo. ¿Qué corazón pueden tener para matar a un niño?”. Su respuesta no fue menos sangrienta: por esa causa asesinó a 15 personas de diferentes ciudades de Bolivia, las cuales, sumadas a las que había ultimado anteriormente, rebasan las 40.

En febrero de 2011 fue aprehendido y sentenciado a 30 años de prisión. Dijo estar arrepentido por todos sus actos e incluso señaló que comprende a los familiares de la víctima que pidieron su muerte. “En Bolivia debería haber la pena de muerte, porque yo soy muy impulsivo. Pasa algo y sólo quiero hacer daño”. 

Ante la pregunta del periodista Hugo Hevia sobre la furia con la que actuaba, dijo: “Siempre he actuado con violencia porque me drogaba. Desde que consumí cocaína me volví más impulsivo, pero ahora ya no soy dependiente.   

– ¿Tu familia, qué piensa?– preguntó Hevia.

–Mi padre no quiere saber nada de mí. Tengo nueve hermanos y yo soy la oveja negra.

–Te enviarán a la cárcel de Chonchocoro. ¿Qué piensas?

–No me asusta la cárcel. No importa el tiempo que pase, pienso cambiar mi vida. Trataré de terminar el colegio y después quiero estudiar medicina.   

Después de su sentencia, el Jimmy fue trasladado al penal de San Roque. La idea era trasladarlo lo antes posible a un penal de alta seguridad; sin embargo, esto nunca ocurrió. El Jimmy huyó de aquella pequeña prisión, al parecer con la complicidad de las autoridades.

Él mismo lo advirtió: “Estoy arrepentido. Además, me cansé de huir, pero si me da la gana me escapo”.

Ahora las autoridades bolivianas lo buscan por mar y tierra. Han difundido por radio y televisión su perfil psicológico y su fotografía: “Hombre peligroso escapó de prisión”, vociferan los conductores de noticias. La gente habla, la gente juzga: “¡Mátenlo, mátenlo!”, “¡Monstruos como él no deben existir!”.

Mientras, en algún lugar despoblado, un muchacho de apenas 25 años corre desaforado. Intenta huir de su propio destino, pero no hay manera. “Jimmy, detente, no corras, no tiene caso”. Pero Jimmy no escucha y hace un último intento. Corre sin disminuir el ritmo, sabe que es su última oportunidad…Corre, corre, corre… (Juan Carlos Aguilar García) 




30 marzo 2012

¡Silencio forzado!

La terrible violencia en la que se ha enfrascado México los últimos seis años, producto de la supuesta guerra que el gobierno de Felipe Calderón declaró al narcotráfico, ha dejado, como sabemos bien, más de 50 mil muertos –muchos de ellos inocentes– y otros tantos miles de agredidos.
Una supuesta guerra, digo, porque según múltiples especialistas, el inusitado poder de varios cárteles de la droga –y la evidente facilidad con la que se desenvuelven en nuestro país– sólo se explica con una complicidad expresa del gobierno.
En otras palabras: de haber una verdadera voluntad por acabar con el narcotráfico, habría afectaciones reales a diferentes organizaciones que, hoy por hoy, gozan de un enorme poderío.
De entre las miles de víctimas, existen dos grupos que han sido especialmente vulnerados por el narco: los policías municipales y los periodistas. Ambos han quedado atrapados en el fuego cruzado de diversos grupos, entiéndase la policía federal, el ejército, la marina, los sicarios o el mismísimo gobierno.

Ambos se enfrentan día a día a una guerra para la que, definitivamente, no estaban preparados. Sin siquiera advertirlo, pasaron de cubrir información local a atender emergencias propias de una guerra, tanto o más peligrosa que la que se vive en países como Irak o Afganistán, según han declarado diversos corresponsales que han estado en ambos escenarios.

172 AGRESIONES
En el caso de los periodistas, las condiciones para que desempeñen su trabajo son cada vez más adversas, lo que se traduce en una clara violación a la libertad de expresión.
Las cifras son contundentes. Según el informe Silencio forzado. El estado, cómplice de la violencia contra la prensa en México, realizado por la organización civil Artículo 19, en 2011 se registraron y documentaron 172 agresiones a la libertad de expresión, esto es 17 más de los reportados en 2010.
El estudio, presentado recientemente, enumera diez tipos de agresiones, que van desde las amenazas y la intimidación, hasta la agresión física, la privación ilegal de las libertad y el asesinato.
El tipo de agresión más frecuente fue la violencia física material, que se refiere a los daños al equipo de trabajo, así como ataques contra instalaciones de medios. De este tipo de agresión se registraron 73 casos: 61 contra reporteros, uno más contra un empleado de distribución de un diario, y diez más contra oficinas e instalaciones de medios.
El segundo tipo de agresión más recurrente fueron las amenazas, así como los actos de intimidación y presión contra las empresas y sus periodistas. En este rubro se registraron 24 casos.
El reporte también explica que los reporteros, los fotógrafos y camarógrafos son quienes con más frecuencia se convierten en blanco de las agresiones. De los 172 casos, los reporteros padecieron 81 acontecimientos, mientras que los fotógrafos/camarógrafos 41. Le siguen las agresiones cometidas contra las instalaciones de los medios de comunicación, que sumaron 27. Los otros 23 casos se dividen entre colaboradores (6), Directivos (5), Editores (4), Trabajadores (4) y Periodistas radiofónicos (4).
ENEMIGO EN CASA
El reporte indica además que el principal agresor de los periodistas no es el crimen organizado, sino el propio gobierno. Se lee en el estudio:
“Al igual que en años anteriores, los funcionarios públicos de los tres niveles de gobierno fueron responsables del mayor número de agresiones a la libertad de expresión (41.86% del total). De ese universo de casos atribuibles a actores del Estado, las fuerzas de seguridad (Ejército, Marina, policías municipales, estatales y federales) fueron directamente señaladas como culpables de seis de cada diez abusos contra representantes de los medios de comunicación.
“En contraste, las agresiones provenientes de sujetos presuntamente vinculados con la delincuencia organizada representaron apenas 13.37%, aunque puede atribuirse a sus integrantes la responsabilidad por nueve asesinatos y 13 ataques directos y otros actos de intimidación contra medios en distintas ciudades”.
LOS MÁS VIOLENTOS
Un estudio realizado también por Artículo 19 establece que de 2000 a la fecha, 66 periodistas en nuestro país han sido asesinados y 13 más fueron desaparecidos, al parecer por cuestiones relacionadas a su ejercicio periodístico.
Son cuatro los estados donde se han registrado más asesinatos: Chihuahua (10), Guerrero (8), Tamaulipas (11) y Veracruz (9). Le siguen Michoacán y Oaxaca, ambos con 4 casos cada uno; Durango, Sinaloa y Estado de México, con tres casos cada uno; Coahuila, Nuevo Léon y el Distrito Federal, con dos casos cada uno; y Tabasco, Quintana Roo, Jalisco, Sonora y Baja California con un caso cada uno. (Juan Carlos Aguilar García)

07 marzo 2012

¡Cosecha roja!

Las imágenes policíacas fueron el deleite de los lectores durante las primeras décadas del siglo pasado, pero su origen se registra antes, casi desde el nacimiento mismo de la fotografía. En el caso de México, este tipo de imágenes aparecieron poco después del nacimiento de los géneros
periodísticos.
A principios del siglo XIX, los diarios ejercían solamente un periodismo opinativo con una pequeñísima sección dedicada a asuntos amarillistas. A esta estirpe pertenecen diarios como El Sol, El Águila Mexicana, El Monitor Republicano y El Siglo Diez y Nueve.
Ninguno de ellos daba cuenta de los hechos que ocurrían el día anterior. No existía el reporter. Esta figura apareció hasta 1871, cuando Manuel Payno y Gonzalo A. Esteva fundaron El Federalista, periódico que introdujo por primera vez en México el reportazgo (reportaje) y la entrevista.
Los temas de los reportajes estuvieron dedicados casi exclusivamente a sucesos alarmantes, como el del plagio del señor Juan Cervantes, que causó conmoción en su época.
MALANDRINES Y CRIMINALES INFAMES
La semilla había sido sembrada y al siglo XX le tocaría recoger la cosecha. Durante las primeras décadas de la centuria, la sociedad conoció destacados casos de nota roja, como “El secuestro de Bruce Bielaski” y las fechorías de la banda “El tigre del pedregal”. Para entonces, El Universal, La Prensa y El Popular —“el diario que refleja la actualidad como un espejo”— se daban vuelo informando sobre asesinatos, peleas y fraudes.
Entre sus páginas se observan retratos de “malandrines”, “criminales infames” y personas de “dudosa honorabilidad”.
No eran realmente fotografías violentas, tal y como se vería después. Más bien eran imágenes de la escena del crimen y retratos de los malhechores, muy en el estilo de las fotografías de identificación de los reos que se realizaron en México a mediados del siglo XIX y que son atribuidas al “fotógrafo de cárceles” Joaquín Díaz González.
Ante el interés del público por enterarse de estos casos, surgieron revistas especializadas como Crimen, Alerta y Magazine de policía.
Para mediados de los años 50, destacaba el trabajo del reportero Eduardo “El Güero” Téllez y de los fotógrafos Antonio “El Indio” Velásquez y su discípulo Enrique Metinides, un jovencito que desde los 12 años había sorprendido por su audacia.
Para entonces la gente se había quedado boquiabierta con los crímenes de Gregorio “Goyo” Cárdenas, Higinio Sobera de la Flor y el luchador Pancho Valentino, el “mata curas”.
Después entraría a escena otro fotógrafo, también aprendiz de “El Indio” Velásquez: Antonio Caballero, quien trabajó para los semanarios Guerra al crimen y Revista de policía y nota roja.
FASCINACIÓN Y MUERTE
Ese era el panorama de la fuente policíaca en México, cuando en abril de 1963 surgió una publicación que llevaría lo sangriento hasta sus últimas consecuencias: Alarma!, de Carlos Samayoa Lizárraga.
Su sello distintivo: fotografías extremadamente crueles. Son bofetadas al inconsciente que nos recuerdan nuestra fascinación por la muerte. Cuerpos calcinados, mutilados, ¡sin rostro! Todo a página completa y con el mayor acercamiento posible.
Hay quien dice que el morbo es un asunto de sobrevivencia, porque al ver a la víctima reconocemos el peligro. Otros dicen que “es un aliciente para los jodidos”. Y es que aunque alguien tenga la vida más miserable, está mejor que el muerto de la foto. El otro está peor justamente porque ya no está.
Actualmente, una nueva camada de fotógrafos alimenta las secciones policíacas de las publicaciones nacionales. Nombres como David Alvarado, Luis Barrera, Alfredo Domínguez, Valente Rosas y Saúl López, entre muchos otros, aparecen repetidamente al pie de una imagen brutal.
Saben que el suyo no es un trabajo agradable, no puede serlo, pero igual lo ejercen con pasión. Hacen lo imposible para tomar la foto que luego los hará estremecerse.Y lo cruel: para ellos nunca habrá felicitaciones. Ya lo dijo el escritor Eduardo Monteverde: “Trabajo rudo por todas las vías, nunca hay premio por contar estas historias. Podrá haber reconocimientos, mas no medallas por narrar artísticamente ese lado oscuro y silencioso de la sociedad en un teatro de los hechos en el que no hay escenografía”. (Juan Carlos Aguilar García)

¡72 migrantes!

La imagen es brutal: decenas de cuerpos de hombres y mujeres lucen amontonados en el interior del rancho El huizache, en las inmediaciones del municipio de San Fernando en Tamaulipas. En su intento por llegar a Estados Unidos fueron interceptados por un grupo de Zetas. El saldo: 72 migrantes muertos. Todos inocentes.
72 migrantes –58 hombres y 14 mujeres– provenientes de Ecuador, Brasil, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala.
Según declaraciones del migrante ecuatoriano Luis Freddy Lala Pomavilla, a quien creyeron muerto y que logró salir vivo de la masacre, los delincuentes les ofrecieron trabajo como sicarios. Como se negaron, la orden fue asesinarlos a todos. Era el lunes 23 de agosto de 2010. Dos días después la noticia hizo especial eco en los hogares de México y Latinoamérica.
Entonces miles de madres mostraron abiertamente su angustia. Fue el rechinar de dientes. ¿Cómo aceptar que un hijo pudo haber sido asesinado en tales condiciones? “Que la virgencita de Guadalupe esté contigo”. “Tres días y no se comunica…”.
ALTAR VIRTUAL
Tras la tragedia, la Procuraduría General de la República inició una averiguación previa, mientras que el gobierno de Ecuador exigió a México protección especial para Freddy Pomavilla. Temían por su seguridad. Un año después, los resultados de la PGR eran nulos. Ni una pista de los responsables de los 72 crímenes.
Y mientras, decenas de madres, fatigadas de tanta angustia, querían saber sobre el paradero de sus hijos. Gritaban a los cuatro vientos sus nombres y apellidos. Se negaban a que fueran una cifra más de esta vorágine de violencia en la que está atrapado nuestro país. Eran todas personas honradas que querían tan sólo una oportunidad en esta vida y que desde luego no tuvieron.
Precisamente con el propósito de mantener en la memoria la muerte de estos 72 migrantes centroamericanos, la periodista Alma Guillermoprieto se propuso construir un altar virtual para recordar a esas víctimas.
Así que convocó a escritores y periodistas a hacer un perfil de cada migrante asesinado, que puede leerse en la página http://72migrantes.com/. El sitio cuenta con todas las características de un altar convencional; incluso, los visitantes pueden dejar una rosa o depositar un donativo si así lo desean.
Al poco tiempo, se hizo un altar sonoro, producido por radio UNAM, y posteriormente el libro 72 migrantes, en el que 72 autores esbozan la vida de esos hombres y mujeres. El objetivo: humanizarlos, darles nombre. Contar un poco sobre su vida, sus anhelos, sus sueños.
El periodista Alejandro Almazán, uno de los autores de este proyecto, dijo que “el libro se realizó con la intención de no olvidar no sólo a estos 72 migrantes, sino a todos los migrantes que pasan diario por nuestro país. Creo que si la gente se asoma un poquito al libro se va a dar cuenta no sólo de la muerte que sufrieron, sino también de todo lo que dejaron atrás, sus vidas, sus sueños rotos”.
Algunos de los coautores del proyecto son Elia Baltazar, Marcela Turati, Elizabeth Palacios, Diego Osorno, Jorge Volpi y Guillermo Orozco. Las regalías de “72 migrantes” –editado por Almadía y Frontera press– son donadas al albergue del padre Alejandro Solalinde en Oaxaca. (Juan Carlos Aguilar García)

10 febrero 2012

¡Ataque contra La 5ta banda!

“Eran cuatro sicarios. Uno se encargó de vigilar la puerta, mientras los otros tres entraron al lugar y se posicionaron de forma triangular entre las mesas: uno al frente y dos más en los costados, un metro atrás. El hombre adelantado colocó su arma a la altura de su cabeza y comenzó a disparar al escenario”.
Así describieron varios sobrevivientes la trágica escena ocurrida la madrugada del sábado 4 de febrero en el salón de baile Far West en Chihuahua.
Era la 1:30 de la mañana cuando un hombre encapuchado disparó indiscriminadamente al escenario. Su objetivo: la agrupación La 5ta banda, que en ese momento amenizaba la noche. El sicario no dudó. Apenas se apostó en su posición, activó su arma larga. En cuestión de minutos la destrucción estaba consumada. El saldo: nueve personas muertas y otras 11 heridas de gravedad.
Entre los muertos se encuentran cinco miembros de la agrupación y cuatro comensales. Los miembros de la agrupación que fueron asesinados son: Julio César Reyes (armonías), Julio Alberto Barraza (tarola), José Luis Rivera (primera voz), Marco Antonio Pérez (dirección y trombón) y el representante de la banda Marco Antonio Murguía, quien falleció mientras recibía atención médica.
Las otras cuatro víctimas mortales se encontraban entre el público. Una de ellas era una agente de la policía municipal que estaba de vacaciones: Elizabeth Zafiro Quintana, quien estaba embarazada, según información de los peritos que llegaron a realizar la investigación. Además, fueron asesinados sus tres acompañantes.
CHOQUE DE CÁRTELES
Una vez cometidos los crímenes, los hombres huyeron del lugar. Se sabe que uno de los sicarios está herido pues hay rastros de sangre afuera del lugar. Sin embargo, hasta ahora no se sabe nada de ellos. No hay descripciones físicas ni nombres. Nada. Tampoco se conocen las razones del ataque.
La información es imprecisa y abusa de las suposiciones. Una versión indica que La 5ta banda estaba ligada al cártel de Juárez, lo que provocó el enojo de los miembros del cártel de Sinaloa, quienes serían los autores de los asesinatos. Sin embargo, bien pudo ser una venganza personal. Lo cierto es que la trayectoria de 14 años de La 5ta banda comenzó con temas bailables y baladas románticas, para luego “entrarle” a los narcocorridos. De hecho, uno de sus grandes éxitos es “El corrido de la línea” cantada según algunos medios locales en honor del cártel de Juárez.
Momentos después de cometidos los crímenes, en el lugar se encontraron 91 casquillos calibre 7.62 x 39, lo que hace suponer que el sicario utilizó un AK-47, pues ese calibre le queda a esa arma, mejor conocida como “cuerno de chivo”. No obstante tampoco hay certeza en eso: pudieron ser al menos otras cinco o seis armas que utilizan balas de esa misma medida. También se encontraron en el suelo tres balas calibre .9 milímetros.
Afuera del establecimiento permanecían cinco vehículos que se cree son de las personas asesinadas, entre ellos el camión que utilizaban los integrantes del grupo musical. En el aire se percibía además un penetrante olor a muerte que obligó a los peritos a taparse la nariz.
Una semana después el olor permanece en el lugar. No así la información en los periódicos. No hubo un gran seguimiento sobre este fatídico acontecimiento en los medios de comunicación.
Los muertos nos parecen muy pocos para ocupar una primera plana. Después de todo, explican, no es la primera vez –ni será la última– que la música de banda es silenciada por la “música” de las metrallas. Continúa la danza mortuoria. (Juan Carlos Aguilar García)

08 febrero 2012

¡Un poco de calma!

Nayeli sólo quería un poco de calma. Un momento de silencio. “Ténse quietos chamacos: tú, bajatedeái que te vas a caer; y tú, cállate yaaa”, suplicó una y otra vez.
“Cállensequeyametienenhartaynoaguantomás”. Pero no. Los llantos seguían machacándole la cabeza, como brocas que se abren paso entre el concreto.
En su caso, las rabietas de sus dos hijos le llegaban directo a los nervios, en forma de punzadas dolorosísimas. Especialmente esa mañana del 31 de octubre. Agobiada por las penurias económicas, había discutido con Ignacio, su pareja, y había quedado enojada. Y para colmo, esos niños que no se callaban ni un minuto.
Estaba en el límite y el más leve lloriqueo la hubiese sacado de sus casillas, como finalmente ocurrió. Entonces soltó su enojo, su furia, sus frustraciones… y sobrevino la tragedia, que ya desde hacía mucho acechaba a su puerta, como destino ineludible.
Todo ocurrió en un pestañeo, con la velocidad del desquiciamiento. Sin planeación ni más advertencias. Sólo actuó obedeciendo sus impulsos.
PUÑALADA MORTAL
Nayeli, de 21 años, intentaba ordenar un poco la humilde vivienda que ella e Ignacio rentaban en la colonia El Tezontle, en Pachuca, Hidalgo. Estaba furiosa por la reciente discusión y preocupada por los gastos de la casa. Le dolía la cabeza.
Su trabajo como mesera en el restaurante Mirage de Plaza Perisur no alcanzaba para mucho. Peor: Ignacio estaba desempleado: tiene apenas 16 años y es poco lo que puede encontrar. Estaba en esas cuando el llanto de los niños terminó por desquiciarla. No estaba dispuesta a soportarlo un instante más. Hubo un momento en el que José Iván, su hijo de cuatro años, se acercó a ella porque quería jugar entre sus piernas.
Esa fue la oportunidad que Nayeli –la mente ofuscada de Nayeli– esperaba. No lo dudó y a propósito tiró al suelo un cuchillo. Se agachó para recogerlo y cuando se enderezaba de nuevo, desvió el camino de su mano empuñando el puñal y lo enterró completo en la espalda de José Iván. Ella misma detalló su arranque de ira: “Agarré un cuchillo de la mesa, lo tiré y luego se lo clavé en la espalda”.
Comenzaban a salir los primeros borbotones de sangre, cuando la mente de Nayeli regresó de nuevo a la realidad. Quiso detener la hemorragia, pero – ¡maldita sea! – su hijo más pequeño, Carlos Andrés, de dos años, no paraba de llorar. Así que detuvo (intentó, quiero decir): intentó detener la hemorragia con una camiseta y se fue a callar al más pequeño.
La única solución que pudo encontrar su alterada mente fue recostar a los dos niños en la cama para luego estrangularlos hasta que dejaran de respirar. Habla de nuevo la madre: “Me desesperé más, así que agarré a los dos, los acosté en la cama y los estrangulé hasta que no pudieran respirar”. Aseguró Nayeli que murieron por asfixia. Sin embargo, las autoridades lo dudan, pues en el pequeño cuarto había un fuerte olor a gas, por lo que sospechan que abrió las llaves de la estufa y que luego obligó a los niños a olerlo directamente.
Después de terminar con la vida de sus hijos, intentó colgarse con una corbata, pero no tuvo el valor: no pudo suicidarse.
SILENCIO ETERNO
Perpetrada la tragedia, salió a la calle en busca de Ignacio para contarle todo lo que había pasado. Éste intentó revivir a sus hijos, pero fue imposible. Vino entonces una nueva andanada de recriminaciones. Si alguien los hubiera visto en ese momento, hubiera presenciado la lucha encarnizada de dos enemigos. Insultos, manoteos, que si la falta de dinero –“nostienesenlamiserianipacomeralcanza”– y luego la estocada final, por parte de Ignacio: “Te voy a entregar a la policía”.
Nayeli Soledad –que ese es su segundo nombre– entendió que, por primera vez o tal vez desde siempre, estaba completamente sola. Salió a las calles, con las manos ensangrentadas y paso moribundo. Huyó en un taxi que la dejó frente al mercado Primero de Mayo y ahí, en una fuente del jardín, lavó sus manos –como hubiera querido lavar sus culpas– para luego tomar un transporte rumbo al pueblo Huasca de Ocampo.
Poco tiempo duró su huida. En Huasca fue detenida por la policía, que ya había sido advertida, gracias a la denuncia de su pareja, sobre una mujer con sus características físicas y su vestimenta.
Una vez detenida no soportó más… y un golpe de agua inundó sus ojos. Se vino abajo. Relató a detalle lo que había hecho y lo desesperada que se encontraba. Lloró como niña y lo único que hubiese deseado en ese momento era jugar entre las piernas de su madre y no preocuparse por nada.
Ahora todo está en silencio, con mucha calma, como quería. No obstante, es tanta la pasividad que la ahoga, la asfixia, y quisiera entonces escuchar un poquito de ruido, los lloriqueos de sus niños diciéndole mamá.
Y eso es exactamente lo que la abruma: sabe que nunca más escuchará esos llantos y que el silencio será eterno, por los siglos de los siglos… (Juan Carlos Aguilar García)

03 noviembre 2011

¡La dama de hielo!

El hedor es insoportable en aquel viejo sótano. Casi en automático te llevas las manos a la nariz y la boca, pero de poco sirve. El estómago se te revuelve y el vómito quema tu garganta. Tus ojos lloran… tus ojos buscan. Y encuentran en esa abultada bolsa negra lo que menos te imaginas: un trozo de pantorrilla y una cabeza humana. Escalofriante. Tétrico. Sales huyendo a tropezones.
Fuiste a arreglar una tubería y te encontraste con la muerte en su peor expresión. Se trata de uno de los crímenes más sórdidos en la reciente historia criminal de Viena, en Austria. Pero eso, ni tú ni la policía local lo saben. No ese seis de junio de 2011.
Los restos del sótano significan apenas la primera pieza de este rompecabezas macabro. Las próximas horas serán de conclusiones alarmantes. Lo peor está por venir.
VIUDA NEGRA
El sótano, ubicado en el número 1 de la calle Oswaldgasse, en el distrito vienés de Meidling, recuerda a los que aparecen en las películas de terror. Las paredes deterioradas –con problemas de humedad– apenas se pueden ver con esa iluminación lúgubre. En el piso hay polvo de años.
Todo fuera como eso. En un pequeño rincón, una bolsa y dos congeladoras. La policía sabe lo que hay, sólo es cuestión de hacerlo oficial y proceder como se hace en estos casos. No hay sorpresas: ahí está la pantorrilla y la cabeza. Y en las congeladoras, una carnicería: pedazos de cuerpos humanos que fueron cubiertos con cemento.
A un lado, otra pieza de este rompecabezas: dos rifles con mira telescópica, un bolso de mujer con una pistola adentro y herramienta. No se requirió demasiada pericia policial para dar con el nombre del principal sospechoso, en este caso mujer: Goidsargi Estíbaliz Carranza, de 32 años de edad, española, aunque de origen mexicano, quien llegó a Viena en 2006.
Justo arriba del sótano, Carranza tiene su nevería Schleckeria y eso la pone en la mira de la policía. A esto se agrega el bolso de mujer con el arma. Por el momento son sólo sospechas, pero pronto su situación cambiará para siempre.
Y es que la cabeza pertenece a Holger Holz, quien se borró del mapa en 2008 y que fue, ni más ni menos, esposo de Carranza. La identificación fue visual. En cuanto a los restos de la congeladora, son de otro hombre. Luego de un análisis de ADN, se supo que eran de Manfred Hinterberger, quien fue novio de Carranza y que desapareció misteriosamente en noviembre de 2010.
Fácilmente, la verdad estaba saliendo a la luz. Y aquí la otra pieza, la principal: Estíbaliz Carranza ya no era sospechosa… era la asesina… ¡la viuda negra!
FRÍA Y CALCULADORA
Las investigaciones policiales señalaron que la Dama de Hielo –como fue catalogada por la prensa– les disparó en la cabeza: a Holz, mientras estaba frente a la computadora; a Hinterberger, mientras dormía. Después descuartizó en el mismo departamento ambos cuerpos con una sierra eléctrica; finalmente llevó los restos en bolsas de plástico hacia el sótano. Para el martes siete de junio, la policía había girado una orden de aprehensión contra Carranza, quien apenas se enteró, salió huyendo del país.
Primero sacó todo el dinero de su cuenta de ahorros y la cerró. Apagó su celular para no ser identificada y luego compró un boleto de avión a París. Los policías la esperaban en el aeropuerto, pero Carranza nunca llegó. El boleto era un señuelo: en realidad abordó un taxi rumbo a Italia. Estando en la ciudad de Cavazzo, reservó un cuarto de hotel a su nombre. Sin embargo, lo abandonó antes de lo previsto. Tuvo suerte, pues la policía llegó momentos después.
Entonces, tomó un tren hacía Udine, donde conoció a un músico callejero que le dio alojamiento. Para ese entonces, se había pintado el cabello y las cejas de rojo, lo cual sirvió de poco, pues su imagen ya estaba por todos lados. Al ver su retrato en la televisión, el músico no dudó en dar aviso a la policía. Luego de tres días de persecución, el viernes 10 de junio por la mañana, la Dama de Hielo fue arrestada.
FIRME COMO ESTATUA
Tras su aprehensión, Carranza reconoció los dos asesinatos, pero aclaró que lo había hecho por las agresiones físicas y psicológicas que recibió de sus dos parejas. Lo que más sorprendió a las autoridades fue la frialdad con la que narró sus crímenes, de ahí el alias que le puso la prensa, que también hace alusión al hecho de que manejaba una heladería.
Extrañamente, la única preocupación de Carranza al momento de su detención era la opinión que tendría de ella su actual pareja, con quien comenzó a salir en enero de este año. Durante su huida, intentó hacerle llegar una carta en la que le pedía que se hiciera cargo del negocio, pero nunca pudo recibirla. Una vez detenida, él intentó visitarla donde la tenían recluida, pero las autoridades le negaron el acceso.
Con las pruebas en la mano, las autoridades de Viena han solicitado la extradición a la policía italiana, a la vez que han comenzado a preparar el juicio. Su pena podría ir de los 20 años a la cadena perpetua. Un ingrediente más le agrega dramatismo a esta historia: la dama de Hielo está embarazada. Tiene diez semanas de gestación y muy seguramente cuando nazca su bebé, estará apenas iniciando su condena. Hasta ahora, ni eso la ha doblado. Ella se mantiene firme como una estatua.
Sus vecinos, que la recuerdan como una mujer sonriente, trabajadora, amable y “muy bella”, no reconocen a la mujer que ven en la televisión. Uno de ellos, dijo: “La cara que vemos ahora tiene mucha frialdad, que te dice que no podrías hablar con ella; da miedo". Las imágenes no mienten. Su rostro incomoda, asusta, y pocos podrían sostenerle la mirada. (Juan Carlos Aguilar García)

02 noviembre 2011

¡Voces extrañas!

Cuando Adelfo, hoy de 13 años, sea un hombre viejo y tenga un pie en el umbral de la muerte, cuando su agonía esté llegando a su fin y esté listo para partir, en ese instante, único e irrepetible, Adelfo vivirá de nuevo la pesadilla…
Como ha ocurrido cada noche, cuando sus delirios se desatan y revolotean encima de su cabeza. La misma imagen una y otra vez: él y su hermano Alejandro corren por el monte. Es de madrugada y está muy oscuro. Lo único que ven detrás de ellos, a muy poca distancia, es a aquel hombre desquiciado que los persigue con un machete. Lo único que ven es a su padre que quiere asesinarlos…
Al final, Adelfo y Alejandro, de 11 años, resultaron ilesos. Tras permanecer escondidos alrededor de una hora, lograron burlar a su progenitor. Luego de asegurarse que no había peligro, pidieron ayuda a una vecina, quien al ver el deplorable estado en el que se encontraban los niños se imaginó lo peor.
La maltrecha apariencia de Adelfo y Alejandro era un reflejo de lo que ocurría con sus tiernas mentes, que desde entonces quedaron perturbadas.
"El niño tocó la puerta para pedir auxilio. Dijo que su papá había golpeado mucho a su mamá con un machete y que él tuvo que esconderse en el monte porque su papá lo venía correteando", contó la vecina Elizabeth Rangel Mar, quien dijo que pese a la urgencia, nadie tuvo valor para ir a la hacienda a esas horas de la madrugada del pasado sábado 29 de octubre.
RELATO TRÁGICO
Fue hasta las siete de la mañana cuando las autoridades acudieron a la hacienda, ubicada en la colonia Agropecuaria El Ojasé, a unos 20 kilómetros al norte de la cabecera de Salinas Victoria, en Nuevo León.
La familia, originaria de Xilitla, San Luis Potosí, vivía desde hace dos años en un cuarto que le proporcionaba el dueño de la finca que cuidaban.
El hallazgo fue espeluznante. No obstante que ejemplos de crímenes sanguinarios sobran en el país, nada comparable con lo que presenciaba la policía. ¿Qué diablos había ocurrido en ese lugar? El mismo autor de la masacre tendría las fuerzas para narrar todo a detalle.
Todo comenzó un día antes, el viernes 28, cuando la policía municipal detuvo a Roberto Morales Gómez, de 38 años, por agredir a su esposa. Sin embargo, algunos minutos después fue liberado a petición de la golpeada mujer.
No pasaron ni doce horas cuando Roberto comenzó a herir de nuevo a su esposa, sólo que esta vez su furia llegó a más y no dudó en ir por su machete. Comenzó la masacre. Uno, dos, tres… veinte cortes asestó a su esposa Guillermina Hernández Ortiz, de 30 años. Luego de terminar con ella, fue al cuarto donde estaban tres de sus cinco hijos.
A Israel, de nueve meses, lo intentó estrangular, provocándole un traumatismo craneoencefálico y un sangrado alrededor del cerebro. A Mariana, de dos años, la tundió tanto a golpes que le provocó una fractura craneal, mientras que Alberto, de seis años, presenta traumatismos múltiples.
Después intentó asesinar a Adelfo y Alejandro, quienes huyeron de la casa. Los persiguió por el monte y hubo un momento en el que estuvo a punto de darles alcance –vio como huían desesperados– pero al final lograron huir.
VOCES EXTRAÑAS
En su relato, Roberto aseguró que estaba maldecido, que una fuerza oculta lo llevó a acabar con su familia. Aturdido por todo lo que la voz le ordenaba, intentó suicidarse hiriéndose con su machete en el cuello, el tórax y el abdomen. Sólo quedó herido y al final fue internado en el Hospital Universitario.
Roberto fue intervenido quirúrgicamente y permanece grave, igual que sus tres pequeños hijos. En el estudio médico que le realizaron a este jornalero, se le diagnosticó esquizofrenia, con lo cual se explica “el embrujo” que padecía, según sus propias palabras.
Al final de su macabro relato, Roberto les dijo a las autoridades que él quería mucho a su familia, pero que decidió matarlos para que nadie en este mundo les hiciera daño.
No mentía, en verdad los amaba, sólo que quiso protegerlos de peligros que sólo existían en su mente enferma…
ALUCINACIONES, DELIRIOS Y TRANSTORNOS...
La esquizofrenia es un diagnóstico psiquiátrico en personas con un grupo de transtornos mentales, crónicos y graves, caracterizados por alteraciones en la percepción de la realidad. Una persona con esquizofrenia, por lo general, muestra un lenguaje y pensamientos desorganizados, delirios, alucinaciones, transtornos afectivos y conducta inapropiada.
Algunos estudios sugieren que la genética, defectos durante el neurodesarrollo, el entorno durante la infancia o procesos psicológicos y sociales son factores importantes que pudiesen contribuir a la aparición de la esquizofrenia, aunque a ciencia cierta nadie lo sabe. Ciertos medicamentos y el uso recreativo de drogas parecen causar o empeorar los síntomas.
Debido a que este padecimiento incluye varios trastornos y no uno solo, en 1908 el psicólogo suizo Eugen Bleuler sugirió la palabra “esquizofrenias” para referirse a una división de los procesos psíquicos consistente en la pérdida de correspondencia entre el proceso de formación de ideas y la expresión de emociones.
Los síntomas iniciales son sentirse irritable o tenso, dificultad para dormir y dificultad para concentrarse. A medida que avanza la enfermedad, se presentan problemas con el pensamiento, las emociones y el comportamiento, como falta de emoción (afecto plano), creencias o pensamientos falsos que no tienen nada que ver con la realidad (delirios), escuchar, ver o sentir cosas que no existen (alucinaciones), tener un pensamiento desordenado y aislamiento social.
Los médicos diferencian al menos tres tipos de esquizofrenia. La “paranoide” en la que el paciente muestra ansiedad, enfado y delirios; la “desorganizada”, en la que el paciente tiene problemas para pensar y expresar ideas, además de que muestra poca emoción y tiene un comportamiento infantil; y la catatónica: en ella hay poca actividad, los músculos y la postura están rígidos y llegan a tener expresiones faciales extrañas. No suelen reaccionar mucho hacia otras personas. (Juan Carlos Aguilar García)