15 noviembre 2012

El Chapo, de carne y hueso

Según la Agencia Federal Antidrogas (DEA, por sus siglas en inglés), Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa, es el hombre más peligroso del mundo. Conocidos son sus métodos violentos dentro del negocio del narcotráfico y conocida es la nula compasión que muestra ante sus enemigos.

Sin embargo, esta es sólo una cara del temible capo de capos. La otra faceta de El Chapo es en extremo amable, casi dulce. Tan bromista como un “niño travieso”, que resulta incompatible con las crueles historias que leemos en los periódicos.


Aunque difícil de creer, gente que lo ha mirado a los ojos lo describe como un hombre juguetón, bromista, muy amoroso con sus hijos y romántico con las mujeres. Entre las cosas que no soporta está el cigarro (no fuma y no permite que nadie fume en su presencia) y una de sus mayores debilidades son los tenis Nike (alguna vez tuvo más de 50 pares), los cuales usa cuando viaja a la ciudad.

Estas son algunas de las cosas que narra el periodista y escritor Alejandro Almazán en El más buscado, su más reciente novela, en la que con las herramientas del periodismo, primero, y con su talento como narrador, después,  nos cuenta la historia del capo El Chalo Gaitán, inspirada, desde luego, en la vida del narcotraficante más poderoso del mundo.

La idea de Almazán era mostrar a un Joaquín Guzmán Loera más humano, sin ponerlo a la altura de un monstruo, como intentan las autoridades, pero tampoco sin santificarlo, como hace la gente que se ha visto beneficiada por él.    

“Desde el principio me propuse que iba a escribir una ficción, porque de El Chapo o tienes versiones que lo ponen como un Dios o como el mismísimo Diablo. Yo lo que quería justamente era desmitificar a este personaje, que no fuera ni Dios ni el Diablo, sino un ser humano.

“Si me iba al periodismo, necesariamente iba a caer, creo yo, en no ser tan imparcial o no ser tan honesto, por eso preferí la literatura. Sé que la mejor ficción suele ser la realidad, sin embargo me aventuré a contarlo de esta manera y decirle desde un principio al lector que mi pacto era con la literatura, que todo era una ficción. No quiero mentirle al lector y decirle: ‘aquí está la neta sobre El Chapo, eso no”, explica Almazán.

AMOROSO Y ROMÁNTICO

A decir del autor de Entre perros, Guzmán Loera es un personaje igual de contradictorio que todos los seres humanos.

“Es un ser muy violento, pero a la vez tiene principios, tiene sueños, tiene esperanzas. Realmente no somos tan distintos. Digo ‘tan’, porque, bueno, la gran mayoría no ha rebasado la línea de asesinar a alguien y él sí lo ha hecho. Pero independientemente de que él haya rebasado esa línea, somos muy parecidos en el sentido de que, como todo mundo, llora, se entristece, se enoja”, afirma Almazán.

Abunda: “Hay muchas anécdotas que lo dibujan como un niño travieso, como un hombre que sigue siendo niño. Sí, es violento y todo lo que tú quieras, pero no ha perdido las ganas de hacer travesuras.

“Me contaron, por ejemplo, que hay una viejita en la sierra que tiene gallinas y que El  Chapo suele matarlas, mientras ríe a carcajadas. En cada ocasión la viejita se queda enojada hasta que al otro día va El Chapo y le regala cien gallinas. Eso le divierte. A otras personas les ayuda a construir escuelas, a pavimentar sus calles, a tener luz eléctrica, o hasta les presta sus avionetas para que lleven a la gente al hospital. Todo esto te va retratando el personaje, más allá del que nos quieren mostrar las autoridades.

“Yo sí creo que no sólo El Chapo, sino todos los narcotraficantes, se han convertido en una especie de Secretaría de Desarrollo Social, ante la ausencia del gobierno de una política social y económica. Es cuando entiendes a la gente que te habla maravillas de todos estos personajes; han saldado, de alguna u otra manera, el olvido del gobierno”.

NUEVO PANCHO VILLA

Por el perfil del personaje y su trascendencia en la historia de nuestro país, Almazán no duda en comparar a El Chapo Guzmán con Pancho Villa. Dice que, igual que el revolucionario, el narcotraficante estará presente en nuestra historia y literatura durante las próximas décadas.  
“Él mismo tiene esta idea de que sí, en efecto, puede ser un Pancho Villa. No se considera Pablo Escobar ‑aún cuando llegó a tratarlo y admirarlo‑ porque él sí era extremadamente violento. A El Chapo, en cambio, no le gusta que la gente secuestre, no le gusta que les den droga a los niños; tiene un código de ética interno que difícilmente encuentro en otros grupos delincuenciales como Los Zetas.

Sobre la trascendencia de lo que se conoce como las “novelas del narco”, o “narcoficción”, Almazán dice que los libros que pasen la prueba del tiempo nos servirán en el futuro para entender qué ocurrió en esta época, tal y como nos han servido ahora los libros de Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela o Nellie Campobello para comprender el movimiento revolucionario.

En suma, Almazán acepta que El Chapo es culpable de muchas cosas, pero insiste en que no es el único.

“Hay otros malos, y son justamente los que hoy se dicen buenos y que aseguran ser los defensores de la patria. El Chapo, por su parte, es un hombre que si eres su amigo te va dar su mano franca, pero si eres su enemigo te va a golpear dos veces, eso sin duda”, finaliza.  (Juan Carlos Aguilar García)

07 noviembre 2012

¡Kinyua, un caníbal moderno!



Ni la mente más trastornada hubiera imaginado fácilmente la escena que protagonizó Alexander Kinyua hace apenas unos días en Maryland, Estados Unidos. Ahora mismo que ya han ocurrido los hechos y que han sido aceptados por el victimario, muchos no conciben lo sucedido.

Aceptarlo significaría dejar de creer en el ser humano y reconocer tristemente que somos simples bestias que actúan instintivamente. Nadie quiere eso, por supuesto.

El punto es que los hechos hablan por sí mismos. Kinyua, un joven de 21 años, estudiante de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Estatal Morgan, en Baltimore, hizo una de las cosas más aberrantes sin siquiera inmutarse demasiado. Pero, ¿qué salvajada cometió?

BOCADOS HUMANOS

Kinyua asesinó a Kujoe Bonsajo Agyei-Kodie, su compañero de habitación, y luego descuartizó su cuerpo con un cuchillo. Una vez hecho esto, comió su corazón y parte de su cerebro. 

Desde el 25 de mayo pasado, Kodie, de 37 años, formó parte de las listas de personas desaparecidas. La última vez que se le vio con vida, fue cuando salió de su departamento para hacer ejercicio por el vecindario.

Parecía que este sería otro de esos misteriosos casos que quedan sin resolver, hasta que el padre del propio Kinyua habló a la policía para informar que su otro hijo, Jarrod, había descubierto en el sótano de la casa donde vivían víctima y victimario, dos latas cubiertas con una manta en la que se encontraban una cabeza y dos manos humanas.    

Jarrod enfrentó a Kinyua, pero éste negó en todo momento que los restos fueran humanos. Dijo que eran partes de  un animal.

Así dejaron las cosas un momento, hasta que padre e hijo decidieron bajar por segunda vez al sótano. La sorpresa fue enorme cuando encontraron a Kinyua limpiando las latas, ahora vacías, con lo cual aceptaba su culpabilidad.    

Los detectives, finalmente, hallaron la cabeza y las manos en otro lugar de la casa y el homicida no tuvo más opción que aceptar su culpabilidad, ante el sheriff del condado de Hartford, Jesse Bane, quien lo acusó de los cargos de asesinato en primer grado.       

El resto del cadáver fue encontrado en el interior de un contenedor de basura, ubicado en el estacionamiento de una iglesia baptista.  

SOCIEDAD CANÍBAL

La población estadounidense todavía no se recuperaba de la terrible noticia que informaba sobre el caso de Rudy Eugene –un hombre de 31 años que se comió el rostro de otra persona cerca de una transitada carretera en Miami, quien por cierto no se detuvo hasta que un policía lo mató de un disparo– cuando los periódicos informaban el 31 de mayo de este otro terrible acontecimiento.

La noticia causó tal revuelo que las autoridades pidieron a la sociedad –sobre todo a los jóvenes universitarios– que mantuvieran la calma.  

“¡Está loco!, ¡está loco!”, comenzaron a alertar algunos sectores de la sociedad, en un intento por tratar de limpiar sus culpas. Pero, ¿Kinyua es un psicópata asesino? ¿Sufre un transtorno mental? Nada de eso.

Los primeros análisis médicos revelaron que el asesino no sufre de alteraciones mentales, pese a que actuó con mucha violencia sobre su víctima. Días antes, Kinyua golpeó severamente a otro de sus compañeros, pero quedó con vida…

¿Qué hacer con este tipo de personas? ¿También son producto de nuestra sociedad enferma? ¿Por qué devoró el corazón y el cerebro? ¿Fue una especie de apropiación? ¿Kodie vive ahora dentro de él? 

Son respuestas que sólo Kinyua podría responder, sólo que después de su declaración no ha vuelto a abrir su boca. Ahí no entra ni una mosca.

29 octubre 2012

¿Y la cabeza de Lin Jun?


Debido a que siempre se preocupó por difundir la vida que él mismo se había creado, son pocos los datos verdaderos que en internet se conocen sobre su persona.

Hasta antes de 2006, Luka Rocco Magnotta –su nombre oficial– se llamaba Eric Clinton Newman. Sin embargo, en aquel tiempo también le gustaba presentarse como Vladimir Romanov, Kirk Tramme, Mattia del Santo, Jimmy, Angel…

Se sabe que tiene 30 años (nació el 24 julio 1982), que es delgado (pesa 61 kilos) y que es alto (mide 1,78 metros). Se sabe también que es originario de Canadá –y no ruso como muchas veces aseguró– y que es una persona en extremo narcisista. Alguna vez escribió: “No soy gay, pero si lo fuera me casaría y estaría obsesionado conmigo; soy extremadamente bello”.

Tampoco hay duda respecto a sus rasgos necrófilos y su carácter violento. Sus compañeros de infancia declararon a la prensa que aunque siempre tenía un “semblante feliz”, era muy propenso a la violencia inmediata y recordaron que en una ocasión lanzó enfurecido una silla a una profesora.

Si eso no fuera suficiente, hace un tiempo Magnotta ganó notoriedad luego de subir un video a YouTube en el que se veía cómo torturaba a varios gatos.

La otra certeza, la más terrible y escalofriante de todas, es que asesinó a su pareja, la descuartizó y con los pedazos que obtuvo practicó el canibalismo. Hace menos de un mes fue capturado en un café internet en Berlín, mientras revisaba información sobre su mismo crimen. Ya fue deportado a Canadá.



MENTE PELIGROSA
Eso es, más o menos, lo que se sabe verdaderamente de Magnotta. Todo lo demás, aunque muy importante, no dejan de ser sugerencias que no han sido comprobadas. Veamos. Él mismo ha dicho que fue un niño golpeado y que fue abusado sexualmente; que probó el alcohol y las drogas, y que es maníaco depresivo.

Nina Arsenault, una artista transexual canadiense que ha afirmado que tuvo un romance con él, asegura que es “mentiroso, manipulador, irascible, y a menudo autodestructivo”.  

En el mismo sentido, el psiquiatra Gilles Chamberland afirma que Magnotta “exuda rasgos narcisistas y es un tipo histérico y antisocial”.    

Se afirma también que era actor porno; sin embargo, no existe una prueba de eso, más que dos videos borrosos que no son suficientes para acreditarlo como un actor de películas triple equis. En la industria no lo conocen.

Como se observa, un halo de misterio envuelve la vida de Magnotta. Nada concuerda. Su apacible rostro aniñado tampoco coincide con la salvada que cometió contra su pareja, el chino Lin Jun, de 32 años (mentía cuando decía que no era gay). Y es que no se trata únicamente del asesinato, sino de la práctica caníbal de Magnotta y lo que éste hizo después con las partes del cuerpo.



MENSAJERÍA EXPRESS

Según la investigación de la policía, el crimen ocurrió entre el 24 y 25 de mayo de 2010. Asesinó a Lin Jun y posteriormente descuartizó su cuerpo, con el que practicó necrofilia y canibalismo.

Después envió por correo una pierna y una mano a las sedes del Partido Conservador y del Partido Liberal de Canadá, respectivamente. La otra mano y el otro pie las envió a dos escuelas de Vancouver. En tanto, el torso decapitado de Lin Jun fue descubierto el 29 de mayo dentro de una maleta arrojada a la basura en alguna calle de Montreal.

Para ese entonces Magnotta ya estaba muy lejos. El 26 de mayo tomó un vuelo de Montreal a París y luego viajó a Berlín en autobús. Su aventura duró apenas nueve días.

Luego de deambular durante varios lugares, la interpol le siguió la pista y capturó a Magnotta el 4 de junio, mientras se encontraba en un café internet en Berlín. Dos semanas después fue trasladado a Canadá, donde será sometido a un juicio.

Hasta ahora se sabe muy poco de su familia. Las autoridades la buscaron en la localidad cercana de Peterborough, pero fue poco lo que obtuvieron.

La madre se negó a hacer cualquier declaración, mientras que la hermana dijo: “Hace mucho tiempo que no lo vemos. Todo esto ha sido muy duro para nosotros”.   

Otro familiar de Rocco Magnotta que pidió no ser identificado fue más contundente: “Es una bomba de relojería. Es un tipo que sólo tiene apariencia, es un enfermo mental. Tiene delirios de grandeza e inventa historias que luego él mismo se cree”.

Magnotta es un megalómano consumado: observa su reflejo bello, irresistible. Se siente superior, aunque en el fondo es extremadamente inseguro. Necesita sentir que es alguien importante, por eso sus mentiras sobre su glamoroso estilo de vida, por eso sus extravagancias que no olvida subir a internet para que todos las vean.

Después de todo, que sus actos dieran la vuelta al mundo no fue nada malo para él, el “grandioso y magnífico” Luka Rocco Magnotta. Ahora las cosas comienzan a tener sentido. Después de los estudios psicológicos que le realicen, las dudas comenzarán a despejarse.

Sólo queda un pequeño misterio que hasta ahora nadie ha podido resolver: ¿dónde quedó la cabeza de Lin Jun? (Juan Carlos Aguilar García).

22 octubre 2012

¡Guerra Zeta!


Diego Enrique Osorno es un periodista temerario. En su afán por narrar la terrible violencia que ha marcado con sangre al último sexenio, decidió descender a lo más oscuro del hombre para observar con sus propios ojos lo que ya sabía. No hubo sorpresas, desde luego, pero sí mucha tristeza y amargura.      

Una amargura de la cual sólo pudo librarse escribiendo frenéticamente todas las noches. Aunque suene a lugar común, fue la única manera que encontró para obtener un poco de paz.

Y no era para menos. Durante los últimos diez años, Osorno ha seguido de cerca el crecimiento de una de las bandas criminales más sanguinarias del país: Los Zetas. El resultado es el libro de crónicas La guerra de los Zetas. Viaje por la frontera de la necropolítica (Grijalbo), en el que Osorno reúne 14 relatos, producto de sus viajes por Tamaulipas y Nuevo León.

Lo que encontró fue desolador: cientos de crímenes cometidos con terrible saña, desapariciones forzadas y pueblos enteros desplazados. Y lo peor: un tejido social resquebrajado, unido apenas por hilos de rencor y un deseo irreprimible de venganza, que es el caldo de cultivo para que esta guerra continúe. 

¿Qué busca Osorno? ¿Qué quiere? El escritor Juan Villoro responde en el prólogo: “…no es el tremendismo lo que guía su prosa, sino el deseo de entender con empatía el destino de las víctimas”.

Y en esa búsqueda se hace presente el acierto más claro del libro: dar forma a toda esta violencia que hasta ahora sólo conocemos de manera fragmentada por la prensa y los noticiarios televisivos.

Las crónicas de Osorno unen y dan forma a toda esta vorágine violenta y, en consecuencia, nos permiten dimensionar el problema. “Es un caleidoscopio –apunta de nuevo Villoro– cuya unidad depende de la fuerza articuladora de la reflexión: de manera asombrosa, la disolución del país puede tener explicaciones de conjunto”.

TRAGEDIA HUMANITARIA

Pero dejemos que sea el propio Osorno quien reflexione sobre el temible cártel y la violencia que ha generado. Sobre lo que vio en la frontera, especialmente en Tamaulipas, dice en entrevista:   

“Las libertades civiles están rotas. La libertad de prensa, la libertad de tránsito, la libertad para salir a un lugar o no. Porque el planteamiento que se ha hecho es muy engañoso, se nos ha dicho: ‘O un estado narco o un estado militar’. Esa es la opción que se nos plantea.

“Obviamente tanto una como otra opción, va contra lo que los ciudadanos hemos anhelado tanto tiempo: el fortalecimiento de las instituciones civiles; esa es, digamos, la parte más amable de la tragedia humanitaria que se vive ahí.

“La parte más dramática es la existencia de muchas fosas donde están enterradas personas que no sabemos qué participación tuvieron o no en este conflicto. La tragedia humanitaria tiene que ver con el número de desapariciones forzadas que conservadoramente se estima en veinte mil por parte de organismos internacionales. La tragedia humanitaria tiene que ver con el desplazamiento de pueblos enteros a causa de esta violencia”.

Desgraciadamente, dice, la gente ha comenzado a acostumbrarse a vivir codo a codo con la violencia. 

“Hace un año nos enteramos que fueron encontradas cinco fosas clandestinas en el municipio de San Fernando, en Tamaulipas, y que había alrededor de 300 personas enterradas, y uno pensaría que pasaría algo, ¡pero no pasó nada! Después vino la tragedia del casino Royal y tampoco ocurrió nada”, afirma un Osorno incrédulo.

Luego reflexiona: “Lo peor del horror es que se normalice. Yo creo que la especie humana tiene futuro todavía en esos pueblos y ciudades, por eso escribí el libro. Creo que todavía vale la pena vivir, creo que todavía vale luchar contra la necropolítica, cuestionarla, denunciarla. No podemos resignarnos a vivir en una sociedad donde puedan aparecer 49 torsos humanos a la orilla de la carretera como si nada ocurriera. No, no podemos”.    

FALSA GUERRA

Para el también autor de País de muertos es muy claro que esta supuesta guerra contra el narco es incitada  por la misma clase política por los beneficios políticos y económicos que esto trae.

Una farsa que según distintas organizaciones ha costado cerca de 70 mil muertos, aunque algunos enterados, como el empresario Mauricio Fernández Garza, presidente municipal de San Pedro García Garza, Nuevo León, ha calculado 250 mil, esto debido a las decenas de masacres que no se han dado a conocer a la opinión pública.       

“En una situación como en la que estamos, la violencia extrema no es desgraciadamente particularidad de uno u otro bando, está ya desbordada, porque tuvimos un presidente que irresponsablemente usó el tema del narcotráfico para resolver su crisis política, y permitió que se levantara toda una industria de guerra a la que no le interesa en lo más mínimo resolver el 
tema del narcotráfico.

“Lo que le interesa es mantener su maquinaria aceitada, funcionando, para que quienes la controlan sigan teniendo una importancia en el poder político y para que algunos también se beneficien económicamente.

“A ellos no les importa que los Zetas desaparezcan ni nada; les importa mantener este planteamiento de que la violencia se resuelve con violencia. Esta dinámica hace que todos los grupos involucrados, e incluso los ciudadanos de a pie, se vuelvan muy violentos”, finaliza Osorno. (Juan Carlos Aguilar García)

16 octubre 2012

Yongming: ¡un monstruo caníbal!






El 17 de noviembre de 1957, en una pequeña granja de Plainfield, en Wisconsin, la policía decidió inspeccionar el hogar del introvertido Ed Gein, uno de los principales sospechosos de la desaparición de la señora Bernice Worden.

No lo hubiera hecho. Al cruzar la puerta, los agentes policiacos presenciaron las imágenes más repulsivas de toda su vida. Lo escandaloso y horrendo condensado en una pequeña habitación decorada con cuerpos colgantes partidos por la mitad, sillones y lámparas elaborados con piernas humanas y vasijas hechas con los cráneos de sus víctimas.

La noticia dio rápidamente la vuelta al mundo y por lo inaudito del caso, pronto sirvió de inspiración para escritores (Robert Bloch) y cineastas (Alfred Hitchcock, Tobe Hooper, Jonathan Demme) que encontraron en la realidad el mejor material para sus más sangrientas fantasías.

CHINO CANÍBAL

Ahora, casi 55 años después, algo similar ocurrió en China cuando a finales de abril de este año la policía inspeccionó la casa de Zhang Yongming, principal sospechoso de la desaparición de un muchacho de 19 años, según información de la agencia local Guangxi News.     

Y es que además de encontrar el celular y una tarjeta de crédito de la víctima –con lo cual quedó comprobada su culpabilidad– los policías hallaron decenas de globos oculares conservados en botellas de licor. Además, se encontraron bolsas de plástico verde con restos de carne, aparentemente humana, colgando en el frente de su casa; dentro podrían verse varias osamentas.       

Ahora Yongming, de 56 años, no sólo es responsable de la muerte del muchacho por quien comenzaron las pesquisas, sino también el principal sospechoso de haber asesinado a por lo menos veinte jóvenes, a quienes habría descuartizado para luego vender sus restos como “carne de avestruz”. Lo que le sobraba se lo daba de comer a los perros.    

Los investigadores sospechan de él, debido a que los jóvenes habían desaparecido justamente de la misma localidad donde vive Yongming (en el pueblo de Nanmen, en la provincia de Yunnan, suroeste de China). Algunos, incluso, vivían a sólo unos metros de su casa.   

NEGROS RECUERDOS

Al ser entrevistados por los reporteros, los vecinos no dudan en llamar a Yongming “monstruo caníbal”, a quien describen como un hombre solitario que no tenía contacto con ninguno de sus vecinos.

El caso de Yongming –quien ya había cumplido una condena de 20 años por homicidio– ha traído al presente viejas heridas que la sociedad aún no puede sanar.

El canibalismo sigue siendo un tema delicado debido a que fue practicado durante el Gran Salto Adelante en los años 50. Se trata de un episodio ocurrido durante la época maoísta que provocó la hambruna y decena de millones de muertos.    

También existieron algunos casos de “canibalismo político” que se registraron durante la revolución cultural –entre la década de los 60 y 70 del siglo XX– cuando hubo cuerpos de enemigos de la revolución comunista que fueron devorados.
  
Para Joseph Cheng, investigador de la City University de Hong Kong, provincia fronteriza con Yunnan, "un caso como éste refleja el lado atrasado de la sociedad, que perjudica la imagen de la provincia y es probablemente lo que explica el que el caso trate de ser ocultado".

Por lo pronto, Yongming será investigado y procesado si es encontrado culpable. Después tal vez sea materia de un argumento cinematográfico que inmortalice sus fechorías y le asegure un lugar en la galería de los horrores del siglo XXI. (Juan Carlos Aguilar García)


"Le saqué los ojos para salvarlo"




María del Carmen muestra arrepentimiento a ratos. En un momento, con la voz quebrada y agobiada por la situación, dice no saber nada de lo que ha sucedido; en otro, habla con tono autoritario y, convencida de que el fin del mundo está cerca, afirma que quien no respete a Dios se hará acreedor a un castigo.
En una de esas sacudidas de su mente y ante la mirada sorprendida de policías ministeriales, suelta una letanía religiosa-apocalíptica: “el próximo lunes (28 de mayo de 2012) se va a registrar un terremoto que va a acabar con el mundo. Tenemos que orar y mostrar cierto respeto a Dios”.

Luego, sin advertirlo siquiera, hace su confesión de los hechos: “Todos tenemos que tener un respeto a Dios y si no es así, pues debemos recibir un castigo. En este caso mi hijo fue irrespetuoso y no obedeció cuando le ordené que cerrara los ojos para orar profundamente, por eso se los saqué”.

En su demencia, asegura que Dios le predijo el fin del mundo, por lo que tenían –ella y su familia– que ser purificadas tres días antes de que llegara el fin. Dice además que tiene poderes sobrenaturales que le permiten tener contacto con Jehová a través de la oración.

RITO SATÁNICO

A estas alturas, la noticia ya dio la vuelta al mundo: el pasado jueves 24 de mayo, durante un ritual religioso –algunos han asegurado que satánico–, María del Carmen Ríos García, de 28 años, le arrancó los ojos a su hijo Fernando, de cinco. Debido a que el niño  no los cerró mientras oraban, como se lo había ordenado, se vio obligada a sacárselos para purificarlos. 

No hubo piedad. Recostó a su hijo en la mesa de la cocina y ahí mismo le sacó los ojos con sus propias manos. Un miembro del equipo de rescate municipal aseguró que se ayudó con una cuchara.  

Fuera de sus cabales, poseída, trastornada, seducida, entorpecida, la madre desoyó los gritos suplicantes de su hijo y labró sin saberlo el horrible futuro que ahora le espera. Su hermana Lizbeth la ayudó sosteniendo la cabeza de su sobrino, quien no paraba de retorcerse de dolor. “Quería salvarlo”, repite la madre una y otra vez durante uno de sus instantes de locura.

Los lamentos, los rezos y las plegarias formaron un ruido tan intenso que llegaron hasta afuera de la casa, ubicada en la calle Graciano Sánchez, en San Agustín Atlapulco, una de las colonias más marginadas del municipio de Nezahualcóyotl en el Estado de México.  

“Oímos los gritos y un muchacho salió corriendo a pedir ayuda”, relató una vecina. El muchacho era Jesús Ríos García, el tercero de los cuatro hermanos que estaba en el ritual, quien espantado ante la sangrienta escena solicitó auxilio.  

Las autoridades no tardaron en llegar. El mismo Jesús fue quien les abrió la puerta de la casa. La imagen permanecerá en la mente de los policías durante el resto de sus días: María del Carmen, con crisis nerviosa, abraza a Fernando, quien sangra abundantemente de sus cuencas. El ojo izquierdo lo ha perdido completamente, mientras que el derecho cuelga, inservible, afuera de su órbita. El niño, pese al enorme dolor que siente, permanece consciente todo el tiempo; serán momentos que tampoco podrá olvidar mientras viva.

Junto a ellos, ocho personas se encontraban en el interior, entre ellas dos menores. Los mayores “estaban en estado psicótico” y aún rezaban por la humanidad con palabras incoherentes. Uno de ellos sugirió: “vamos a matar al niño para sacarle el demonio, hay que evitar un terremoto para salvar este mundo terrenal”. 

Fernando como ofrenda a Jehová para salvar al mundo. Y eso apenas era el principio.  María del Carmen pensaba ofrendar a su otro hijo, de ocho años, y a un bebé de 10 meses, hijo de su hermano. Todos fueron detenidos inmediatamente y conducidos por la policía en estado de trance, “como drogados”.  

RESCATE AÉREO

El niño, en tanto, fue llevado al hospital general La Perla, en Nezahualcóyotl, pero por la gravedad de sus lesiones fue trasladado en un helicóptero al hospital de pediatría de Tacubaya en el Distrito Federal, donde le realizaron una limpieza en las cuencas. Ahí, los médicos detectaron que, debido a la brusca extracción de los globos oculares, comenzó a derramarse líquido cefalorraquídeo, lo cual podría provocar daños cerebrales irreversibles.    

Por ese motivo fue llevado al hospital de Legaria, donde lo intervinieron quirúrgicamente para cerrar la herida de donde salía el líquido cerebral. “Había una fístula, la cual fue cerrada, con lo que se garantizó que no haya mucho mayor daño”, explicó el doctor Gabriel O’Shea, secretario de Salud del gobierno mexiquense, en conferencia de prensa conjunta con el gobernador Eruviel Ávila y el secretario de Salud del Distrito Federal, Armando Ahued.

Una vez superado este problema, se concentraron en tratar de salvar la visión del único ojo que aún tenía consigo. Todo fue imposible. No había nada que hacer. Fernando no volverá a ver nunca más, aunque él todavía no lo sabe.

Después de su operación, Fernando despertó y pidió unas crayolas para dibujar. No tiene conciencia de lo que ha pasado y sólo pregunta por qué no ve y por qué le duelen los ojos. Las enfermeras le acarician la cabeza, lo toman de las manos, pero no saben qué responderle. 

Los médicos han dicho que, antes de anunciarle la pérdida de sus órganos, tendrá que recibir atención psicológica. Indicaron que será necesario colocarle conformadores en las cavidades para evitar que se pierda el espacio para los ojos, los cuales serán sustituidos por prótesis. Éstas serán donadas por el Instituto Oftalmológico Conde de la Valenciana. En un máximo de siete días, Fernando será llevado al Estado de México, donde le serán colocados sus implantes.

Lo terrible para Fernando no será vivir en plena oscuridad el resto de su vida, sino ver  cada noche la imagen enfurecida de su madre agrediéndolo. Ese fue el último recuerdo que se llevó de este mundo cruel… (Juan Carlos Aguilar García)


15 octubre 2012

Günter Wallraff: el maestro del engaño


En octubre de 1985 la publicación de un libro provocó una verdadera conmoción en Alemania. Se trataba de un crudo relato que a través de Alí, un inmigrante turco, narraba a detalle la discriminación y el racismo que se ejercían sistemáticamente contra los extranjeros en aquel país.

Una incómoda radiografía que en poco tiempo vendió más de dos millones de ejemplares y que hasta ahora ha sido traducida a 38 idiomas, convirtiéndose así en el mayor best-seller de la posguerra.

El libro era Cabeza de turco (en alemán Ganz unten, literalmente “En lo más bajo”) y su autor el periodista y escritor Günter Wallraff (1942), quien en su deseo de comprobar los prejuicios de la sociedad alemana, decidió despojarse de su personalidad y adoptar, durante dos años, la de Alí.

Experto en representar distintas identidades desde los años sesenta –desde entonces ya había suplantado varias personalidades que le permitieron descubrir violaciones a los derechos de los trabajadores–, Wallraff considera que cuando no es posible conseguir información, “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar y fingir para averiguar la verdad”.

La metamorfosis

En este caso, enmascararse de Alí significó sufrir en carne propia los maltratos y humillaciones que padecían los inmigrantes turcos. Sabía que no sólo no sería una tarea fácil, sino que conforme fuera avanzando en su método –que denomina “ciencia de la observación participativa”– las situaciones que enfrentaría serían cada vez más peligrosas.

Él mismo estuvo decidido a llevar la experiencia hasta las últimas consecuencias. Con una peluca, un bigote falso, una vestimenta desaliñada y hablando un alemán rudimentario, Wallraff (Alí) estuvo en una granja con las peores condiciones de trabajo, fue músico callejero en pleno invierno e incluso se atrevió a encarar a aficionados neonazis en un partido de futbol entre Alemania y Turquía en el Estadio Olímpico de Berlín.

Pero eso fue sólo el principio. Dispuesto a hacer los trabajos más insalubres, fue, entre otras cosas, trabajador en un McDonald’s, conejillo de indias en una farmacéutica, chofer de un traficante de hombres y obrero en la planta nuclear de Thyssen, donde los trabajadores –que además laboran sin ningún tipo de protección– cubren jornadas de más de veinte horas continúas por un sueldo miserable. 

Si bien es cierto que Alí es uno de sus personajes más representativos, en casi medio siglo de labor profesional ha realizado decenas de caracterizaciones que han sido descritas en varios reportajes.

Prueba de ello es Con los perdedores del mejor de los mundos (2009) en el que Wallraff da vida a una serie de individuos con los que pone al descubierto diferentes prácticas ilícitas y de corrupción.

En este nuevo reportaje Wallraff denuncia “el lado oscuro del supuesto mundo feliz de la opulencia” al trabajar en un Starbucks y en los principales Call center de Alemania, así como al disfrazarse de negro y de indigente. Literalmente descendió a la escala social más baja (se 
convirtió en un lumpen) e intentó convivir normalmente con la sociedad.

Recibió una bofetada en el rostro. Un portazo en las narices. “Respeto que existas, sé que tienes tus derechos, pero desaparece de mi vista”, era la respuesta que invariablemente recibía cada día, en una Alemania que se ufanaba de ser benévola con los extranjeros.

Maestro del disfraz

Son casi 50 años de despojarse de su propia personalidad y de adoptar otra. Casi una tercera parte de su vida no ha sido él, sino otro. Porque no sólo es disfrazarse, sino vivir la situación las 24 horas del día, durante el tiempo que sea necesario. ¿Es necesario llegar a este punto? ¿Por qué lo hace?

Asegura que, además de ir en busca de la aventura, su interés es revelar situaciones que de otro modo no podría denunciar. En una entrevista realizada por el periodista mexicano Marco Lara Klahr, habló Wallraff sobre su impulso por encubrirse.

“Creo que es más que el periodismo, se ha convertido en la tarea de toda mi vida, casi podría decirse que en una obsesión, no sé cómo definirlo. No me gusta utilizar el término de periodismo de ‘investigación’ o ‘revelación’. Muchos de mis esfuerzos por defender los derechos humanos los hice publicando un asunto, en otros casos logré mejorar algo sin necesidad de hacerlo.

“Mi método de trabajo se ha ido desarrollando durante mis primeros años de periodista, cuando empezaba a laborar en fábricas como trabajador alemán, en Ford, Siemens y Thyssen, y se publicaban mis artículos en periódicos de sindicatos. Sigue existiendo, sin embargo, el temor principal de mi vida, el que sigue apareciendo en mis sueños, que es el de ser descubierto”.


Respecto a la abierta subjetividad que implica su actividad –y que se opone a lo que dicta la concepción clásica del periodismo– afirmó en otro momento:


“Todo el mundo se implica de algún modo, tiene su orientación, su pertenencia. No pasa nada, sólo hay que decirlo abiertamente. Yo no pertenezco a ningún partido, pero me siento cercano a los débiles. No puedo comportarme como si existiera la objetividad absoluta. Los que más la predican suelen ser los más parciales, al final resulta que pertenecen a la corte de algún político que se los lleva de viaje para que se encarguen de la cobertura informativa. Esos saben por lo general más de lo que pueden contar: y que no se les ocurra irse de la lengua porque entonces tienen en el negocio los días contados”.


En todos estos años, Wallraff ha sido demandado en numerosas ocasiones por trabajar con una identidad que no le corresponde; “es ilegal”, acusan. Sin embargo, ha ganado todos los juicios porque el Tribunal Federal Supremo consideró que este método es justificable si la información revelada es más importante que el hecho de haber cambiado de rol.


Ha sido tan bien recibido su método de investigación que su apellido ya es un verbo: “wallrafear”, es decir, disfrazarse para conseguir información que de otro modo sería imposible obtener.


Ahora cientos de seguidores en todo el mundo siguen su ejemplo. Wallraff no está solo, como tampoco lo están los miles de desposeídos en quienes centran su trabajo.  

29 abril 2012

"Ya estoy cansado de hacer maldades"


“Ya estoy cansado de hacer maldades, ya estoy cansado de huir. Soy joven y quiero cambiar”, dijo, con apenas un hilito de voz, Jaime Cárdenas Pardo al periodista Víctor Hugo Hevia, quien pudo entrevistarse con él luego de que la Fuerza Especial de la Lucha contra el Crimen de Bolivia lo capturara fortuitamente tras dos años de intensas búsquedas.

En un momento de buenos deseos, de querer borrarlo todo y empezar de nuevo,  mencionó que trataría de concluir la escuela y después, tal vez, estudiar medicina. “Quiero ser útil, he hecho mucho daño”.


No mentía. A sus 23 años era dueño de un terrible historial delictivo. Alcohólico, drogadicto, golpeador y asaltante, Jaime –a partir de ahora el Jimmy– es también el frío asesino de 45 personas.


De ese cúmulo de crímenes, dos despertaron el miedo más profundo de todo un país por la saña con la que fueron cometidos: los asesinatos, el 9 de octubre de 2009, de dos estudiantes universitarias: Nairobi Alexis Muñoz Siles, de 21 años de edad, y Marfa Delgado Rosso, de 20.


Las agredió sexualmente y, con un resentimiento que no pudo controlar, les desfiguró el rostro a punta de cuchillo; según el forense, también les propinó golpes en la cabeza con una roca. Finalmente las asesinó y abandonó los cuerpos, los  cuales fueron hallados dos días después ante el desconcierto de las autoridades. No daban crédito. Una bestia andaba suelta y había que capturarla lo antes posible.


Sin embargo, tuvieron que pasar dos años antes de que la policía lograra su captura, tras un fortuito accidente. 




PSICÓPATA ASESINO

¿Quién es el Jimmy? ¿En verdad es el autor de todos los crímenes que él mismo se adjudica? Nadie sabe las respuestas. La única verdad es su perfil psicológico, que lo describe como un “asesino psicópata serial confeso” con transtorno antisocial de personalidad.   

Por eso, cuando la prensa dio a conocer que había logrado escapar, los bolivianos volvieron a vivir la pesadilla. Ahí estaban en la memoria colectiva los rostros ultrajados de las dos inocentes jovencitas. La pregunta sigue en el aire: ¿Quién es el dichoso Jimmy?

Todo comenzó algunos años atrás, desde el día mismo de su nacimiento. Es hijo de padres divorciados y tiene nueve hermanos. Desde los once años comenzó a beber alcohol y a los 14 ya había probado la marihuana y la cocaína, a las cuales se hizo adicto rápidamente.  

Según su propia declaración, comenzó a robar para llamar la atención de su padre y de su madrastra, lo cual, evidentemente, no funcionó. Lo que sí consiguió fue relacionarse con pandilleros a los que también les gustaba beber.    

Así, a los 14 años Jaime se convirtió en “El Jimmy”. Su primera víctima fue un hombre al que le robó el celular. Después, a los 19 años, asaltó a otro individuo para robarle su lap top; a éste lo asesinó.  

Fueron años de mucho alcohol y drogas. De asaltos y dinero fácil. Una espiral de violencia que no podía haber acabado bien. Por aquellos años planeó asaltar a las dos mujeres universitarias, pero algo salió mal y tuvo que asesinarlas.

Entonces, sin pensarlo, corrió sin rumbo fijo, dejando tras de sí un pasado que no le ofrecía nada bueno. Corrió hacia su futuro, que se antojaba promisorio: en poco tiempo tendría dinero suficiente para mantener a su hijito y con la posibilidad real de abandonar la vida delictiva. 




ESPIRAL DE VIOLENCIA

Mas nada de esto ocurrió. El novio de una de las universitarias que asesinó, planeó una venganza funesta: en agosto de 2010 mataron a su hijito con una puñalada en el pecho.

Con lágrimas en los ojos, dijo el Jimmy: “Cuando salió a la tienda, lo subieron a un auto para matarlo. ¿Qué corazón pueden tener para matar a un niño?”. Su respuesta no fue menos sangrienta: por esa causa asesinó a 15 personas de diferentes ciudades de Bolivia, las cuales, sumadas a las que había ultimado anteriormente, rebasan las 40.

En febrero de 2011 fue aprehendido y sentenciado a 30 años de prisión. Dijo estar arrepentido por todos sus actos e incluso señaló que comprende a los familiares de la víctima que pidieron su muerte. “En Bolivia debería haber la pena de muerte, porque yo soy muy impulsivo. Pasa algo y sólo quiero hacer daño”. 

Ante la pregunta del periodista Hugo Hevia sobre la furia con la que actuaba, dijo: “Siempre he actuado con violencia porque me drogaba. Desde que consumí cocaína me volví más impulsivo, pero ahora ya no soy dependiente.   

– ¿Tu familia, qué piensa?– preguntó Hevia.

–Mi padre no quiere saber nada de mí. Tengo nueve hermanos y yo soy la oveja negra.

–Te enviarán a la cárcel de Chonchocoro. ¿Qué piensas?

–No me asusta la cárcel. No importa el tiempo que pase, pienso cambiar mi vida. Trataré de terminar el colegio y después quiero estudiar medicina.   

Después de su sentencia, el Jimmy fue trasladado al penal de San Roque. La idea era trasladarlo lo antes posible a un penal de alta seguridad; sin embargo, esto nunca ocurrió. El Jimmy huyó de aquella pequeña prisión, al parecer con la complicidad de las autoridades.

Él mismo lo advirtió: “Estoy arrepentido. Además, me cansé de huir, pero si me da la gana me escapo”.

Ahora las autoridades bolivianas lo buscan por mar y tierra. Han difundido por radio y televisión su perfil psicológico y su fotografía: “Hombre peligroso escapó de prisión”, vociferan los conductores de noticias. La gente habla, la gente juzga: “¡Mátenlo, mátenlo!”, “¡Monstruos como él no deben existir!”.

Mientras, en algún lugar despoblado, un muchacho de apenas 25 años corre desaforado. Intenta huir de su propio destino, pero no hay manera. “Jimmy, detente, no corras, no tiene caso”. Pero Jimmy no escucha y hace un último intento. Corre sin disminuir el ritmo, sabe que es su última oportunidad…Corre, corre, corre… (Juan Carlos Aguilar García)