30 junio 2008

"Es increíble la de kilos y kilos de intestinos que tenemos dentro"

A continuación, una entrevista con Miguel Ángel Rodríguez, director del semanario Alarma!, publicada en la revista Vice. Texto: Santiago Stelley. Foto: Tomás Morales.
Alarma! es el diario de nota roja más antiguo de México. Se compone básicamente de noticias truculentas, fotografías de cadáveres mutilados y titulares redactados a modo de chistes ultracafres sobre la muerte y el dolor ajeno. Hace poco entrevistamos a Miguel Ángel Rodríguez Vázquez, su editor.
Vice:¿Cómo te convertiste en director del Alarma!? Miguel Ángel Rodríguez Vázquez: Empecé trabajando en el departamento de correspondencia en 1981 y con el tiempo fui aprendiendo a maquetar la revista. Luego empecé a redactar y hacer fotografías para la revista y, años después, me convertí en ayudante del director. Él murió hace cuatro años y yo le sucedí en el puesto.
—¿Y en qué consiste tu trabajo?
—Básicamente, reviso todo el material que llega a mi mesa, selecciono las noticias, escribo los titulares y corrijo los artículos.
—Alarma! fue el primer periódico de este tipo, ¿no es cierto?, el primer tabloide de la llamada “prensa roja”.
—Sí, Alarma! empezó a publicarse en 1963. A un periodista llamado Don Carlos Samayoa Lizarraga se le ocurrió lanzar una revista que se ocupara exclusivamente de crímenes y delitos. —La revista despegó verdaderamente en 1964 con el artículo sobre las Poquianchis, que eran tres mujeres que regentaban un infame burdel en Guanajuato. Se las acusaba de haber cometido 28 homicidios. Todas sus víctimas eran muchachas jóvenes que trabajaban para ellas como prostitutas. Hallaron sus cuerpos enterrados en el patio trasero de las Poquianchis.
—Y Alarma! cubrió la noticia con todo lujo de detalles, escarbando incluso en los más gore, supongo…
—La revista siguió la noticia durante más de ocho meses. Uno de nuestros periodistas, Jesús Sánchez Hermosillo, se desplazó a Guanajuato y entabló amistad con las señoras Delfina y María de Jesús, las dos primeras Poquianchis que fueron detenidas. Le contaron su versión de los hechos y cómo habían sobornado a la policía local y a los presidentes municipales…
—¡Vaya bomba!
—La historia de las Poquianchis se convirtió en una especie de fotonovela para nuestros lectores, pero era incluso mejor, porque era una historia verídica con mujeres asesinadas, fetos enterrados, muchachas forzadas a ejercer la prostitución, trata de blancas, etcétera…
—Tenemos más de dos mil fotografías sólo de esa historia. Publicamos las cartas de amor de las chicas, sus álbumes familiares, absolutamente todo. Aquella historia captó la atención de todo México y fue el primer exitazo de nuestra publicación.
—Siempre he sido un gran fan del número sobre el terremoto que sacudió México.
—El terremoto de 1985 también fue una noticia que cubrimos ampliamente. La tirada inicial de la revista la primera semana superó los 2,5 millones de ejemplares. La semana siguiente bajó a 2 millones, pero seguía siendo una cifra extraordinaria. Cubrimos el terremoto desde todos los ángulos posibles.
—¿Cuál es tu artículo preferido de ese número?
—Recuerdo un artículo sobre un niño llamado Monchito. Era un niño que supuestamente había quedado sepultado bajo una casa que se había derrumbado a causa del terremoto. Todo el mundo en México sufría por Monchito y rezaba por Monchito. Trajeron a un montón de expertos para ingeniar un modo de rescatarlo.
Al final resultó ser que Monchito ni siquiera existía. Los propietarios de la casa se habían inventado que estaba allí porque querían rescatar una caja fuerte que había quedado sepultada bajo las ruinas de su casa. Poco después del enorme impulso que vivió la revista tras el terremoto, el Gobierno clausuró Alarma!
—¿Qué ocurrió?
—En 1986, México iba a ser la sede del Mundial de fútbol, y el Gobierno decidió clausurar todas las revistas pornográficas del país. Alarma! no mostraba chicas desnudas ni nada por el estilo pero, según la comisión gubernamental, habíamos cometido algunas faltas técnicas, como no imprimir las advertencias pertinentes de “contenido para mayores de 18 años” en la portada o vender la revista retractilada.
Nos pusieron mil y una excusas, pero la verdad es que sencillamente una de las publicaciones de nuestro grupo, una revista llamada Impacto, era por entonces muy crítica con el Gobierno y nos castigaron por motivos políticos. Algunas otras publicaciones, la mayoría de las cuales consideraban nuestra revista vulgar, mala y barata, salieron en nuestra defensa. Todo el mundo sabía lo que estaba pasando, pero nadie podía hacer nada para detenerlo. Alarma! estuvo prohibida durante casi cinco años.
Cuando finalmente la relanzamos en 1991 tuvimos que cambiar de nombre. Así nos convertimos en El Nuevo Alarma! En cuanto salimos a los quioscos, recuperamos a todos nuestros lectores y dejamos fuera de combate al resto de revistas de prensa roja que habían ido surgiendo entre tanto.
—¿En qué se diferencia la nueva versión?
—La revista en sí no ha cambiado mucho con el paso de los años. En esencia sigue siendo la misma publicación con la que soñaba Don Carlos. Internamente debatimos largo y tendido sobre aplicar un cambio de diseño por el que abogaban algunas personas, pero yo siempre luché por mantenerlo muy simple.
A la gente le gusta la revista tal como es, porque resulta fácil y rápida de leer. No somos una revista moderna con veleidades artísticas, y tampoco es eso lo que nos piden nuestros lectores. Intentamos crear una revista muy simple y visual. Si no hay fotografías, no hay artículo. A nuestros lectores les gustan las fotografías.
—Sí, ¿y por qué crees que ocurre eso? ¿Qué fascinación puede despertar ver fotografías de cadáveres decapitados y cosas por el estilo?
—A la gente le interesa el tipo de historias que publicamos. No creo que se trate de ninguna enfermedad malsana ni nada por el estilo. Simplemente es curiosidad. A la gente le gusta ver cómo estamos hechos por dentro. Tenemos millones de fotografías de cadáveres con los intestinos colgando.
Es increíble la de kilos y kilos de intestinos que tenemos dentro. A mucha gente le gusta verlo. Además, si no publicamos fotografías de muchos cadáveres en un número, recibimos un montón de correos electrónicos acusándonos de habernos vuelto demasiado conservadores.
—¡Qué curioso! Imaginaba que recibiríais más de gente acusándoos de ser demasiado sensacionalistas.
—Ah, claro, eso también. Un montón de gente nos tacha de ser demasiado sensacionalistas, pero la información que publicamos es toda verídica. Son hechos reales y contrastados. No nos inventamos nada ni retocamos las fotografías. No hay necesidad de hacerlo.
—¿Qué tipo de artículos son los que mejor funcionan?
—Los crímenes sobre los que informamos han cambiado ligeramente. Los artículos que mejor nos funcionan son los de crímenes relacionados con el narcotráfico, como por ejemplo los cuerpos decapitados que se han encontrado recientemente en Acapulco. En Michoacán a cinco personas les volaron la cabeza mientras bailaban en una discoteca. Ese tipo de artículos funciona realmente bien.

—La mayoría de las historias suceden en las ciudades, ¿no?
—En realidad, la mayoría de nuestros artículos ahora mismo se sitúan en Michoacán y Guerrero. El año pasado era en Tamaulipas y hace cinco años en Culiacán. Es muy interesante ver cómo la ola de crímenes se va desplazando por el país. Por ejemplo, me sorprende que la violencia haya desaparecido en Culiacán.
En 2001 se registraron allí unas mil ejecuciones en un par de meses. Otro aspecto interesante es que los crímenes son cada vez más violentos. Antes eran tiroteos desde coches. Ahora a las víctimas siempre se las decapita o se las entierra vivas. El grado de depravación va en aumento. —Me pregunto por qué será…
—Porque quieren meterle el miedo en el cuerpo a la gente. Supongo que piensan que si matas de forma violenta, te respetan más o algo por el estilo. Como la mayoría de los crímenes están relacionados con las drogas, creo que tienen la necesidad de atemorizarse unos a otros para irse asegurando zonas.
—Mi padre era policía y me decía lo mismo, que los crímenes por drogas normalmente son más violentos que el resto de crímenes.
—Los crímenes relacionados con las drogas son muy distintos de los crímenes pasionales. Si miras números antiguos de Alarma!, la mayoría de los artículos van sobre crímenes pasionales, con titulares como: “La mató por flirtear”.
—Antes ése era el pan nuestro de cada día. Ahora los titulares son muy distintos, pero eso también tiene que ver con el hecho de que debemos ser mucho más cautelosos con las palabras que escogemos.
—¿A qué te refieres?
—Don Carlos tenía un don especial para crear neologismos. Por ejemplo, para referirse a los homosexuales solía decir “los mujercitos” y las lesbianas eran “hombrecitas”. Ahora no podemos utilizar este tipo de palabras porque nos acusarían de violar los derechos humanos.
—Por extraño que parezca, nunca se ha interpuesto una demanda contra Alarma!, pero, como medida de prevención, ahora utilizamos un humor un poco menos oscuro. Básicamente hemos abandonado el negro por el gris.
—¿En qué artículos estás trabajando en estos momentos?
—Esta semana se han producido cuatro crímenes pasionales en México. Se me están agotando las ideas para los titulares.
—¿Podrías revelarme uno de esos titulares?
—Uno de los crímenes lo cometió un hombre, que mató a su mujer. Ambos eran profesores de escuela y el tipo la asesinó delante de sus alumnos, de modo que se me ocurrió un titular que espero que no resulte demasiado ofensivo y no trivialice la situación, pero que, al mismo tiempo, atraiga la atención de la gente. Dice así: “Sobresaliente en homicidios”.
Éste es el tipo de ideas que Don Carlos nos legó. Él se divertía muchísimo haciendo su trabajo. Lo vivía con pasión. Por ejemplo, otro crimen que se ha producido esta semana con un punto curioso lo cometió un hombre que le disparó a su esposa en la cabeza mientras ella estaba en el lavabo haciendo sus necesidades. Don Carlos habría disfrutado de lo lindo redactando ese titular.

21 junio 2008

De cínicos y mafiosos

(Juan Carlos Aguilar García)
No cualquiera puede ingresar a su selecto grupo. Se necesita un espíritu servil y un placer desmedido por la humillación. Se requiere también un gusto casi enfermizo por la infamia y tener un oscuro historial de plagios y deshonras. Fuera de eso, no se pide ninguna otra cualidad.
En cuanto a la actitud gángsteril, se adquiere con la práctica. Es cuestión de paciencia y muchas horas de estudio al lado del capo en turno, pero nada que no pueda aprenderse en unos cuantos meses. Así lo han hecho varias generaciones en periódicos, suplementos culturales y revistas. ¡Y vaya que les ha funcionado! En el último medio siglo han logrado mover a su antojo los hilos de la élite intelectual de nuestro país y apoderarse de todos los espacios. No por nada son conocidos como la mafia cultural, la que todo lo pervierte y envilece.
La mafia lo decide todo. Perversa como es, se da el lujo de decidir quién publicará la próxima “gran obra” de las letras nacionales. Entre periodistas corruptos, reseñistas vendidos y todo un andamiaje de difusión perfectamente diseñado, es algo que logran rápidamente.
Y así, en unos cuantos meses, brillan ya las nuevas estrellas de la intelectualidad mexicana. Pero pongamos por caso dos ejemplos: Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis.
Según dijeron entonces los amigos, nadie con el conocimiento y el perfil crítico como el que ellos poseían. Nadie que amara tanto la literatura y la historia como el dúo elegido.
Personalidades de tal magnitud no podían andar por la vida sin un libro propio. Así, les fueron dadas todas las posibilidades para que cumplieran el caprichito. Y Elenita y Carlitos fueron felices con sus libritos. Andaban por aquí y por allá exhibiendo sus obras en cuanto recinto pudieran (en todos, por supuesto) y hablaban del enorme y exclusivo conocimiento que los diferenciaba respecto de los demás escritores.
En tanto, Fernando Benítez, la vaca sagrada, el gurú —“Dios, por favor, llámenle Dios”, corregirían sus fieles seguidores— vigila que todo marche correctamente. Que los amigos sigan publicando y que los no amigos (enemigos, pues) queden debidamente al margen.
No pueden permitirse de ningún modo que alguien más haga reseñas, entrevistas o crónicas. Ahí estaban Elenita y Monsi, los exclusivos. Ellos eran los periodistas, amigos además de escritores selectos como Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Enrique Krauze, por mencionar algunos.
Pero esperen un momento. Hay un pequeñito detalle que no he comentado: estos dos periodistas... ¡no hacen periodismo! Por definición, el periodismo es crítica y lo que ellos hacen tiene todo menos crítica. Así pues, no es periodismo.
¿Qué hacen entonces? Pues cualquier cosa, podríamos llamarlo simplemente publicidad, y a sus artífices “mercenarios de la cultura”.
LOS EXCLUIDOS.
Los verdaderos críticos estaban precisamente en el grupo de los excluidos. Voces como las de Ricardo Garibay, Gonzalo Martré, Emmanuel Carballo o René Avilés Fabila fueron implacables. Precisamente fue Avilés Fabila quien con Los juegos (1967), su primera novela, se fue a la yugular de las grandes vacas sagradas. No era una crítica superficial, sino una con pelos y señales en la que nadie quedó a salvo de la filosa cuchilla de su autor.
En cuanto la vio, el editor Rafael Giménez Siles simplemente dijo: “No, René, yo no me voy a la cárcel por tu culpa, no puedo publicar tu novela”. Pero René era necio e intentó publicar su texto. Mala suerte. Joaquín Diez-Canedo lo invitó a destruirla. “Hazlo o tendrás muchos problemas”, le advirtió.
El mismo Fabila recuerda: “Con esa novela me fui directo al cuello de los famosos y critiqué a los grandes funcionarios del país, empezando por el presidente de la República a quien le decía ‘el gran verga’ y otras tantas cosas que por ese entonces no eran usuales”.
Gonzalo Martré es un caso aparte. Aunque ha hecho grandes aportaciones a géneros como la ciencia-ficción mexicana y la novela negra con obras como Safari en la Zona Rosa y Los símbolos transparentes, le ha sido negada en el Fondo de Cultura Económica la edición de su trilogía de El chanfalla.
¿El argumento? Que no tiene la calidad mínima necesaria para ser publicada por la editorial que, por otro lado, sí le abrió los brazos al amigo Christopher Domínguez y su criticado Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) en el que se dedicó a elogiar a los cuates y a omitir —por desconocimiento o por consigna— a toda una pléyade de importantes narradores mexicanos.
El libro fue enormemente desacreditado. Se desmoronó ante el más sutil de los razonamientos... Pero claro, como sucede en este tipo de situaciones, los vasallos, con tal de asegurar su permanencia en la mafia, están listos para hacer el trabajo sucio. Rafael Lemus, quien forma parte de la redacción de Letras Libres, preparó presuroso una “reseña crítica” a favor de Domínguez.
De risa. En una parte se pregunta: “¿Es necesario decir que acaso nadie ha leído con más amplitud nuestra literatura?”, refiriéndose a que nadie conoce mejor nuestras letras que San Christopher. Resulta hilarante luego de que el mismo Domínguez reconoció ante la prensa que su libro contenía “algunos errores”, y que aceptara además que su conocimiento de la poesía era más bien escaso.
Queda claro que lo que menos interesa a la mafia es la cultura. No tienen cabeza para ello. No, cuando todos sus pensamientos están concentrados en dos cosas: cómo hacer para vivir con el mayor número de becas, y cómo lograr la inmortalidad.
Por eso es que, en una suerte de competencia interna, estos mafiosos deciden quién obtendrá tal o cual premio. Primero lo gana Monsiváis, luego Poniatowska, después —y eso sólo para romper la rutina— Carlos Fuentes. Entonces vuelve a tocar el turno a Monsiváis y una vez más a Poniatowska... hasta que uno de los dos muera.
Y esto apenas en el terreno literario. Pero la mafia no entiende de disciplinas artísticas. Igual está presente en la pintura, la fotografía o el ámbito cinematográfico. Jorge Ayala Blanco, por mucho el mejor crítico de cine de nuestro país, lo sabe muy bien.
Desde muy joven, supo lo que era estar vetado de un festival. “Nada para quien se atrevió a criticar nuestra obra maestra”, le dijeron. Pero los pobres no sabían contra quién se metían. Ayala Blanco se preguntó a sí mismo: “¿crítico o jefe de relaciones públicas?”.
Por supuesto eligió lo primero. Y con esa convicción —que tuvo desde los 12 años— comenzó una brillante carrera desmontando películas y resquebrajando amistades. Nada lo detiene. Menos ahora, que con más de 40 años de labor profesional, aún es considerado un enfant terrible. “Es un halago que a mi edad me sigan considerando enfant, soy más bien anciant terrible”, comentó recientemente.
A decir de Avilés Fabila, una gran mafia cultural como la que durante años controló Fernando Benítez, ya no existe. Lo que hay ahora, afirma, son chiquimafias controladas por Enrique Krauze y sus Letras Libres, y por Héctor Aguilar Camín con Nexos.
No obstante, hay quien todavía vive con la inercia del pasado. Es de nuevo el caso de Monsiváis, quien durante este mes de mayo inundará literalmente la ciudad, luego de que para festejarle su 70 aniversario, el Gobierno del Distrito Federal decidiera imprimir su cara en las estaciones del Metro, el Metrobús, en papalotes, playeras y tazas. Y no sólo eso. También se reproducirán en camiones y bardas algunas de sus expresiones más celebradas.
Para quien crea que esto no es suficiente, también se transmitirán por televisión abierta cuatro cineminutos que contarán algunas anécdotas del autor de Amor perdido.
Sólo cabe hacer una pregunta: ¿dónde y cuándo se realizará el homenaje a Gonzalo Martré por su 80 aniversario? ¿alguien se acordó siquiera?
LOS QUE NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO.
Ya lo dijo el reconocido periodista Ryszard Kapuscinski: “Los cínicos no sirven para este oficio”. El diccionario define “cínico” como todo aquel que actúa en contra de sus principios éticos y alardea de su forma de proceder.
Justamente algo que un periodista que se precie de serlo no debe hacer... pero que muchos hacen, creyendo que el cínico es el otro, no ellos.
Ahí está el caso de Raymundo Riva Palacio, quien con un pasado crítico y mordaz, terminó convirtiéndose en un simple empresario. Ahora, más que preocuparse por informar y criticar, lo que le quita el sueño son las finanzas del periódico que dirige.
Él mismo, al asumir la dirección de El Universal, mencionó su imposibilidad de seguir ejerciendo la crítica como hasta entonces.
Y otro ejemplo de la misma casa editorial. Los “periodistas” Estela Livera y Ricardo Alemán serán los conductores de un nuevo programa que se transmitirá por Televisión Mexiquense. Se titula ¿Y tú qué harías? y, según se dijo, tratará problemáticas sociales sin ningún tipo de censura. Ahora que Alemán es empleado de Enrique Peña Nieto, se antoja muy difícil que en el futuro leamos en sus artículos la más pequeña crítica contra el gobernador del Estado de México. Después de todo, sería hasta insensato morder la mano que le da de comer. Lo dicho: “Los cínicos no sirven para este oficio”.

19 mayo 2008

13 mayo 2008

Una pruebita de las fotografías que tomé durante los conciertos que se presentaron en Tajín. Fotógrafo en acción
Técnicos de sonido
Tras bambalinas

01 mayo 2008

Venables y Thompson: los niños que conmocionaron a Gran Bretaña

(Juan Carlos Aguilar García)
No había piedad en sus rostros, tampoco miedo, sólo una sonrisa de complicidad y un enorme gusto por saber qué se siente matar a una persona. No había detrás historias de odios o venganzas, simplemente la satisfacción de una ingenua curiosidad que conmocionó a Gran Bretaña y que dejó sin palabras a psicólogos y especialistas de la conducta.
Posiblemente sea el caso de niños asesinos más espeluznante de los últimos tiempos en todo el mundo. Sus artífices: Jon Venables y Robert Thompson, ambos de diez años. Su víctima: James Bulger, de apenas dos.
La travesura ocurrió una tranquila mañana del 12 de febrero de 1993. Todo parecía seguir su curso en el bello condado de Merseyside. Era un día soleado y el aire traía consigo el sopor de la rutina... hasta que los gritos de una madre desesperada sacaron del letargo a las autoridades del centro comercial de Bootle.
No era para menos. Su hijo, quien por unos segundos quedó fuera de su vista, había desaparecido. Entonces la policía comenzó la búsqueda, sin saber por supuesto que se trataba de una causa perdida.
En ese mismo instante, en una calle solitaria muy cerca del centro comercial, el pequeño Bulger era golpeado con ladrillos que el dúo siniestro le arrojaba sin descanso. Luego fue castigado con una tubo de metal y torturado con toques eléctricos. Cuatro días después, el cuerpo se encontró partido en dos, cerca de las vías del tren.
Los sanguinarios actos estremecieron como nunca a los habitantes de Merseyside. Jamás habían presenciado algo semejante. Incluso, los expertos en asesinos en serie y la maldad humana fueron incapaces de encontrar un caso que se le pudiera comparar.
Con decir que las fechorías del estadunidense Jesse Harding Pomeroy, uno de los primeros casos registrados sobre un niño asesino, quedaron reducidos a un juego insignificante.
El 18 de marzo de 1874, Pomeroy —quien tenía una apariencia siniestra: su ojo derecho carecía de iris y pupila— degolló a una chica en un acto rápido y sin mayores signos de tortura. Cuando cometió el asesinato, Pomeroy tenía 15 años.
Se sabe que padeció la violencia de su padre alcohólico, lo cual provocó que fuera un sujeto solitario y lleno de rencor. Se sabe también que nunca se arrepintió de su asesinato, ni de las golpizas que propinó antes a otros niños mientras él se masturbaba, y que al final lo llevarían a ser conocido como el “sádico bribón”.
Y justo aquí la gran diferencia con Venables y Thompson, quienes aunque provenían de familias disfuncionales (como muchos otros niños en el mundo) vivían una infancia relativamente feliz. Pero entonces, ¿qué motivó a estos niños a cometer tal crimen? ¿de dónde la saña con la que actuaron? La respuesta es tan simple como demoledora: nada realmente profundo. No buscaban venganza ni eran chicos con algún problema mental. Simplemente nos mostraron que los niños no son únicamente inocencia ni que todo es Disneylandia.
Que cada uno de nosotros llevamos un asesino dentro. Que usted, querido lector, o yo mismo, autor de este texto, podemos cometer un asesinato. No es requisito un pasado oscuro y lleno de vejaciones para ingresar a la larga lista de homicidas.
Se trata de un tipo de asesino que se gestó en las últimas décadas del siglo XX y que se verá más claramente durante el XXI, centurias en las que la violencia, a veces hasta grados bestiales, empieza a tomar el lugar de las reglas que nos permiten vivir en convivencia. Esto sin contar con una desvalorización de la vida que nos impide dimensionar el grado de crueldad en el que nos encontramos inmersos.
DE REMORDIMIENTOS.
Además del salvajismo de los niños asesinos, una pregunta más taladraba la mente de los doctores:¿por qué la tranquilidad que mostraron luego de cometer los hechos?
Y es que, luego de su captura —gracias a unas imágenes del circuito cerrado de la tienda— Venables y Thompson se mostraron todo el tiempo apacibles, incluso durante su sentencia a ocho años de prisión. Al final fue algo pasajero.
Luego de emprender un arduo proceso de rehabilitación que tenía el objetivo de hacerlos conscientes de lo terrible de sus actos, las cosas cambiaron. Vino el arrepentimiento, pues no eran psicópatas.
Venables fue el primero en mostrar lo que llaman una secuencia normal de reacciones: negación, incredulidad, sensación de pérdida, dolor, responsabilidad, vergüenza y remordimiento. Según Susan Bailey, la psiquiatra que lo atendió, Venables vivirá atormentado hasta el final de sus días. Thompson también comprendió lo terrible de sus actos y hasta descubrió su lado artístico. Hizo una mesita para el café a su madre y algunas de sus pinturas pueden ser apreciadas en la sala de visitas de la prisión.
En 2001, luego de ocho años de condena y habiendo cumplido la mayoría de edad, un juez consideró que Venables y Thompson estaban totalmente rehabilitados.
Así que decidió dejarlos en libertad, aunque la policía los vigilará de cerca hasta que mueran. Esto por dos razones: para evitar que provoquen otra tragedia y para impedir que alguien tome venganza contra ellos, en específico el padre de Bulger, quien prometió que iría hasta el último rincón del planeta para vengar la muerte de su hijo.
Asimismo, les fueron inventados un nuevo pasado, pasatiempos y hasta amigos, además de que fueron obligados a cambiar de lugar de residencia. Ahora que están libres tienen prohibido dos cosas: acercarse al condado de Merseyside y volverse a juntar, de hecho no se volvieron a ver luego de que fueron sentenciados.
Ahora mismo, mientras usted lee esto, algún niño podría estar asesinando a su abuela por un simple berrinche. Lo dicho. No todo es inocencia ni Disneylandia...
Este texto se publicó en el semanario Alarma!

10 marzo 2008

Un mito que la nota roja tenga que ser sangrienta: Monteverde

(Juan Carlos Aguilar García)
Eduardo Monteverde (Tacubaya, 1948) dedica su tiempo a dar clases de Filosofía de la Medicina en la UNAM y a estudiar, junto con sus alumnos, las enfermedades patológicas que atacan la mente de algunos desafortunados. Se retiró, dice, del periodismo que ejerció durante 25 años porque lo hartó la mediocridad que rodea a la profesión.
Ha asegurado que no volverá a las andanzas reporteriles. Tal vez sea porque nunca se ha ido. Porque aunque ya no trabaja para ningún medio, algunos de sus reportajes de nota roja —que publicó indistintamente en La Prensa y El Financiero— continúan presentes en Lo peor del horror (Ediciones B), que reúne 43 escritos para los que Monteverde tuvo que descender al mismísimo infierno para narrarlos.
“Comencé a hacer reportajes especiales de nota roja para El Financiero, es decir para un público, entre comillas, culto. Asimismo, realicé otros para La Prensa, que tiene otro tipo de lectores. Sin embargo, en ambos casos, los escribí con el mismo lenguaje, nunca hice una concesión para los ricos y otra para los pobres”, explica Monteverde.
En todos ellos describe con gran precisión el diagnóstico médico de los involucrados, sin presentar, como se creería, escenas sanguinarias que desde siempre han estado ligadas a esta fuente. “Se me hace mucho más interesante el estudio molecular de las enfermedades de los vivos, que la parte de la sangre y los crímenes”, refiere el también autor de Los fantasmas de la mente.
Por eso su oposición a recurrir al morbo, a la descripción de cuerpos mutilados, de familias ensangrentadas bajo la defensa de un camión, de niños degollados, de tripas putrefactas, de lucrar con el dolor ajeno...
“Lo que nunca haría sería llegar a un incendio, ver salir a una señora de su casa con lo último que le quedó, sus cacharritos, etc., con el marido muerto en el cuarto de atrás, y preguntarle, con grabadora en mano, que qué sintió. Eso es algo que nunca haría, nunca hice y nunca haré”.
-Sin embargo, con tal de sacar la nota, es algo que acostumbran muchos reporteros
-¡Qué asco! El asco no está en los cadáveres desangrándose. El asco está en la forma como los reporteros, yo me excluyo, tratan los casos. En Lo Peor del horror no hay sangre, no hay gritos, no hay alaridos ni piedad (el qué sintió). Lo peor del horror quita el mito de que el periodismo de nota roja tenga que ser sangriento. En mi libro no hay sangre.
Y es verdad. Basta leer el reportaje “Violador de Ilusiones”. ¿Sangre? No. Más bien la historia brutal del mago Oswaldini, aquel que trabajaba en un deslucido circo de pueblo y que ahora se encuentra preso, acusado de violar a varios niños.
Su madre, quien nunca lo ha visitado, lo recuerda como un niño caprichoso y consentido que siempre quiso ser una estrella de Televisa. Su colega Pulgarcito, un enano que también hacía fechorías, aún anda suelto.
O la historia de Carlos Francisco Castañeda, quien el 5 de febrero de 1970 intentó matar al presidente Gustavo Díaz Ordaz, en venganza de lo ocurrido el 2 de octubre. Su disparo falló. Ha permanecido encerrado en un pequeño búnker construido exclusivamente para él, a pesar de que presentaba un cuadro psicótico crónico y esquizofrenia. Jura, con Biblia en mano, que es un profeta y que Dios habla por su boca.
“La nota roja no son solamente carnitas, como decimos en el argot. El libro de alguna forma reivindica el trabajo periodístico por encima y a pesar de los jefes de información, de redacción y de los directores de los medios que me importan una pura chingada. Va a favor de mis colegas y en contra de estos burócratas de cuello blanco”, sentencia.
Esta entrevista se publicó en el periódico La Crónica

“Cuando las sociedades no ven futuro tienden a derechizarse”

(Juan Carlos Aguilar García)
Juan Hernández Luna (Ciudad de México, 1962) tiene tres pasiones en la vida: la literatura, el futbol y las mujeres. Prueba de ello son sus numerosas novelas que lo han llevado a ser considerado uno de los escritores más destacados de su generación; su modo arrebatado a la hora de hablar del Cruz Azul, su equipo del alma, y... bueno, ahora vive solo, pero esa es otra historia.
Por lo pronto, con las primeras dos pasiones tiene. Lo del futbol es algo que de vez en cuando practica, mientras que la literatura es algo que vive intensamente a cada momento. "Tengo que vivir con libros y escribir todos los días", menciona en entrevista Hernández Luna, quien vive rodeado de novelas policiacas y de ciencia-ficción, aunque también se ve por ahí un cancionero de José Alfredo Jiménez y algunos títulos de Paul Auster.
Ahora presenta Cadáver de ciudad (Ediciones B), novela en la que revive a Skalybur, el Inmortal, y al Sahuayo, personajes que aparecieron en Tabaco para el Puma, con la cual recibió en 1997 el Premio Internacional Dashiell Hammett a la mejor novela policiaca en español.
Esta nueva entrega comienza con un jugoso ofrecimiento a Skalibur, un mago que vive en el autoexilio en la península de Baja California: un cheque en blanco a cambio de aclarar la castración de un millonario pervertido. A partir de ese momento comienzan a surgir diferentes historias sobre sectas secretas, pornografía, el mundo gore y mucha nostalgia por aquellos personajes citadinos sumidos en la soledad.
—¿De dónde surge la violencia que narras en Cadáver de ciudad?
—Lo que sucede es que escribí la novela en 1997, luego de que nuestro país vivió momentos muy difíciles. En 1994 hubo una sensación de que a México se lo llevaba la chingada: los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu, la devaluación del peso. Era impresionante. Una carga sobre otra en la que decías: “¡Bueno, pues ya nos llevó la chingada!”.
Era necesario descargar la cantidad de violencia que yo andaba cargando. Por eso es una novela tan hijo de puta, donde no hay misericordia, donde incluso la inocencia es martirizada totalmente. No hay conciencia, pero sí una doble moral que está interpretada por un personaje que es hermafrodita (hombre y mujer).
Es una novela que intenta decir el fin de una sociedad. Además, si te fijas, la novela describe todo un perfil que tiene que ver con las sectas.
—Finalmente, en algo tiene que creer la gente...
—Exacto. Cuando hablamos de un secta, de una religión, entonces también estamos hablando de un pensamiento mágico, que es una de las cosas que yo quería contar.
Cuando las sociedades ya no ven futuro tienden a derechizarse, porque el horóscopo, la magia, ahora la Santa Muerte que está tan de moda, les dan una seguridad que no obtienen con el empleo, el salario y, a veces, ni con la misma pareja. Las sectas son un refugio que te dan el poder....
Acuérdate de este asunto de La Paca, cuando se hablaba del cadáver desenterrado, de un misterioso clan. Lo de la Paca lo llevas a un productor de cine y te diría ‘estás loco, eso no se puede hacer, sin embargo ocurrió’.
Yo quería algo bien desmesurado, una novela río. Una novela con muchas lecturas. Una parte de mí me decía: “Estás loco pinche Juan”, mientras que la otra decía: “¡Sí, estás loco, síguele!”.
Al final, el método del también autor de Me gustas por guarra, amor funcionó. La prueba está en que Cadáver de ciudad representará a México para competir por el Dashiell Hammett 2007. —La verdad es que no te puedes quejar.
—No, si no me quejo. En lo que se refiere a la escritura he sido muy afortunado. Me siento contento con lo que he publicado, aunque al principio hay una parte muy difícil en la que tienes que picar piedra. Te ves obligado a escribir cantidad de mierda para muchas revistas a cambio de recibir un pago.
Aunque tampoco hay que verle el lado malo a eso, porque teniendo la alacena llena puedes permitirte escribir las otras cosas en las que se te va la vida.
No te creas que lo digo con desprecio, al contrario. Estas revistas de las que te hablo me permitieron libertad, aprender a levantarme a medio día sin necesidad de checar una tarjeta. Recuerdo con mucho cariño el Semanario de lo Insólito, donde fui el reportero estrella durante cinco años.
O publicaciones como Curvas y Buenísima, donde tenía que hacer de chile, mole y manteca. También hice los guiones de Así soy y qué, Los maestros y sus chalanas y Chacales de la frontera. Mientras escribía esto, pude dedicarme a escribir Yodo, Tabaco para el Puma y Cadáver de ciudad.
La tragedia viene cuando ese tipo de revistas es lo único que lee gran parte de la población. Entonces el empobrecimiento cultural es de la fregada.
— Pero me hablabas del futbol ¿por qué querías ser portero y no delantero?
— Lo que sucede es que el portero es la posición más solitaria del futbol. Cuando te meten un gol, no hay un cabrón que vaya y le de una palmada al portero. También hay mucha soledad cuando el equipo mete un gol, pues la gloria está del otro lado del campo. Esa soledad me fascina, me gusta mucho esa imagen como de antihéroe.
—Te gusta ir contra corriente?
—Sí, obviamente por eso vivo en estas condiciones. Muchas veces he podido ser acomodaticio o trepador, pero para nada. No soy de la gente de quítate tú para ponerme yo. No me sentiría tranquilo conmigo mismo.
—¿Y eras buen jugador?
—A güevo. Recuerdo que cuando era niño les encabronaba que no le tuviera miedo a la patada. Volaba para llegar al balón.
Alguna vez también jugué en la delantera. Recuerdo una vez que, estando en la secundaria, unos cuates me gritaron “¡Luna vente a jugar!”. Yo venía con mis amigas Meche, Cuca y Paty.
Apenas había entrado a jugar cuando viene un pinche centro y que la agarro, la prendo y meto un pinche hermoso gol que hasta me pregunté “y qué hago aquí”. Que me salgo del juego. Todo me gritaron: “¡Luna, quédate!”. Les dije: “¡qué dicen, ¡después de ese pinche gol que acabo de meter apagen la luz y vámonos! Se acabo. Ya hice la grande, para qué me quedo”.
Pero te digo, mi gran pasión siempre fue la portería. Yo escribo porque no pude ser portero de futbol...
Esta entrevista se publicó en el periódico La Crónica

Isaac Asimov, el gran defensor de los robots

(Juan Carlos Aguilar García)
El escritor Isaac Asimov (1920–1992) siempre tuvo muy clara una cosa: nunca ganaría el Premio Nobel de Literatura. “Para empezar”, decía, “ningún escritor de ciencia ficción lo ha ganado, así que no hay razón para pensar que cambiará esa tendencia”. Además, el jurado calificador privilegia por sobre todas las cosas la forma de una obra, algo que a Asimov le importaba poco menos que nada.
Es sabido que el autor de Anochecer —quien el próximo 5 de abril cumplirá 16 años de fallecido— no revisaba sus textos, pues consideraba que era una pérdida de tiempo. En lugar de atormentarse viendo un posible error, prefería seguir escribiendo.
Asimov aplicó este principio y vaya que le funcionó. Su numeralia no miente: es autor de más de 500 libros de los más diversos temas: Astronomía, Física, Biología, Matemáticas, Historia, Religión, Mitología, Humor y Ciencia-Ficción. Escribía los siete días de la semana (incluyendo días festivos)durante ocho horas diarias. En promedio escribió diez libros por año.
Pero, si no se preocupaba demasiado por la forma ¿cuál es entonces el mérito de sus obras? ¿qué han visto miles de lectores en todo el mundo? La respuesta es la misma para ambas preguntas: sus ideas. Su obra está plagada de ellas. Ideas sobre el espacio, el cambio climático, el progreso tecnológico, el futuro...
La lista sería prácticamente interminable. Su abanico temático era tan amplio que sólo Hugo Gernsback y Arthur C. Clarke se le comparan en este sentido.
MI AMIGO ROBOT.
Pero de las miles de ideas que Asimov —que ante todo era científico y divulgador— desarrolló durante su carrera, una logró cautivar a los lectores y al ámbito científico por igual: los robots.
Es cierto que el tema ya había sido abordado en algunas novelas y películas, sin embargo, siempre de una forma bastante predecible: como máquinas malignas que buscaban esclavizar a los pobres e indefensos humanos. Fue Asimov uno de los autores que propuso un cambio al respecto. Con la formación científica que tenía, era lógico que viera en los robots aliados, más que enemigos.
Así lo pone de manifiesto en su ensayo Los sueños de la ciencia ficción en donde coloca a los robots como el quinto sueño de una lista de 28. Su opinión al respecto era que los robots, además de realizar las tareas pesadas y peligrosas, con el tiempo serían más inteligentes y tendrían una apariencia más humana, lo que les permitiría ser, además de sirvientes, amigos.
“A lo largo de la historia” —apunta Asimov— “los seres humanos han usado a los animales y a otros seres humanos para realizar las tareas físicas más pesadas. Ahora las máquinas han remplazado al músculo en muchos casos, pero ¿por qué no desarrollar máquinas que imiten la versatilidad de los humanos y también su apariencia?
“Los robots pueden ser los nuevos sirvientes. De tener forma humana, podrían hacer uso de toda la gama de herramientas tecnológicas concebidas para los seres humanos, y si fueran suficientemente inteligentes podrían ser incluso amigos”.
En una serie de cuentos que Asimov publicó en 1939, así como en su emblemática novela Yo, robot —en la que publicó sus Leyes de la Robótica— queda claro su convicción de que los robots y los humanos pueden llegar a formar una verdadera alianza. Es verdad. El manejo que los hombres hagan de los avances científicos y tecnológicos es otro asunto.
CERTEZA.
Ahora, a punto de cumplirse 16 años de la muerte de Asimov (6 de abril de 1992), sus ideas son ya una realidad. Muestra de ello es ASIMO, robot creado en 1986 por la empresa Honda como un homenaje al prolífico escritor.
En aquel año, se trataba de poco menos que un prodigio que podía caminar sobre sus dos piernas, aunque no lograba mantenerse en pie durante mucho tiempo. Las nuevas versiones muestran a un ASIMO más ágil que puede subir escaleras y hasta jugar futbol.
Todavía no es capaz de llevar una conversación de manera fluida, no obstante no tardará mucho tiempo para que esto suceda. De eso no hay duda.
También son una realidad los robots que además de haber sido creados para limpiar y barrer, sirven de compañía para los ancianos.
Asimov tenía razón. Nuestros amigos metálicos vienen en camino; se oyen sus pisadas metálicas. Están a la vuelta de la esquina...
Este texto se publicó en el periódico La Crónica

Las tres leyes de la robótica

En 1950, en plena Guerra Fría, Isaac Asimov publicó su novela Yo, robot que le valió al autor una popularidad inmediata. En esa obra integró las ahora famosas Tres Leyes de la Robótica que condicionan la relación que estos seres llevarán con los humanos. Dicen así:
1) Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que peligre su vida.
2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto cuando estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
3) Un robot debe salvaguardar su propia existencia, siempre y cuando esto no implique entrar en conflicto con la Primera y Segunda Ley. Asimov explicaba que las Tres Leyes fueron creadas por John W. Campbell en una conversación que mantuvieron ambos el 23 de diciembre de 1940.
A su vez, Campbell señalaba que él las extrajo de algunos relatos de Asimov y de varias conversiones que mantuvieron juntos, que lo único que había hecho era redactarlas, dándole todo el mérito a Asimov. La leyes fueron tan bien recibidas por los lectores de ciencia ficción que rápidamente se convirtieron en un referente obligado para los escritores del género. Incluso para algunos países como Corea del Sur que adoptará el primer código ético para robots del mundo y así evitar abusos por parte de los humanos.