09 abril 2013

Cuando el morbo se convirtió en noticia


En el principio fue el morbo. Morbo por las imágenes brutales que saciaron nuestros más vergonzosos placeres. Trancazos a doble página y a todo color que no dejaron lugar a la imaginación: la muerte revelada en todas sus formas. Luego un terrible miedo.

Alarma! eso ha sido: un catálogo de malas prácticas y castigos ejemplares donde -apuntó Carlos Monsiváis- “se conjugan el interés por asomarse a la mala suerte y a la voluptuosidad de lo horripilante”.



Vistas de reojo y a escondidas, las fotografías y las historias que se han publicado desde hace medio siglo espantan porque nos recuerdan nuestra fragilidad como seres humanos. Un pequeño accidente -o una imprudencia- puede reventar el delgado hilo sobre el que caminamos. Espantan porque nos restriegan nuestro lado más salvaje, para el que una piedra, unas tijeras o, mejor aún, las propias manos son la mejor arma para terminar con la víctima. Nos espantan porque nos revelan realmente de qué somos capaces. Nos espantan porque nos muestran a ese asesino potencial reflejado en el espejo.

Sin embargo -y aquí la paradoja- todas esas historias terribles también son un bálsamo para quien las ve. Un aliciente para cualquiera, no importa lo desastrosa y miserable que pueda ser su vida. A final de cuentas, el otro está peor porque forma parte de ese muestrario de tragedias. Está peor justo porque ya no está: ahora forma parte, ni más ni menos, de una de las páginas de la revista que creó todo un concepto informativo que se mantiene hasta nuestros días, en donde lo sangriento es el sello de la casa.

Sobre las imágenes inquisidoras, dice de nuevo Monsiváis: “Los cadáveres hacen alarde de su abandono o su descomposición, las prostitutas se enfrentan a la cámara que es la mirada reprobatoria, los criminales se dan tiempo para elegir su pose más temible, los travestis ríen o se apenan entre risitas, las niñas lanzan contra los sátiros el índice de la virginidad aplastada”.   

PARECE QUE FUE AYER…

Alarma! es heredera de un cúmulo de secciones y revistas policíacas que se publicaban con regularidad desde las primeras décadas del siglo XX. Primero hicieron lo suyo periódicos como El Universal, La Prensa y El Popular, los cuales insertaron sendos apartados dedicados a la nota roja en medio de la información general. El éxito fue rotundo.

El público bebió interesado dramas que, de manera inexplicable, hasta eran producto de orgullo: “¡Uno de los asesinos más sanguinarios es mexicano!” O: “Los gringos tienen muy buenos asesinos en serie, pero éste no les pide nada”.

Fue tanto el interés del público por enterarse de las historias criminales más terribles que producía día a día nuestro país, que no pasó mucho tiempo antes de que surgieran revistas especializadas como Crimen, Alerta y Magazine de policía.

Todas estas publicaciones fueron el germen que años después, en abril de 1963, vería nacer la revista que ahora usted tiene en sus manos. Es cierto que, como digo, Alarma! es heredera de todas estas publicaciones policíacas, pero realmente bebió muy poco de ellas. 

Las historias y fotografías eran golpes certeros ante los cuales nadie quedaba a salvo. Desde el principio sólo se dieron a conocer las historias más trágicas, las más alarmantes, haciendo honor al nombre de la revista que, por otro lado, erizaba la piel tan sólo con ver su logotipo.

Ya sabemos: la palabra “Alarma!” –que desde entonces apareció con un solo signo de admiración- escrita como por un dedo sangriento. En otras palabras: no era una publicación policíaca más; era, ante todo, el surgimiento de un concepto, un estilo de informar, que a la postre se convertiría en toda una referencia periodística.



Este concepto fue creado por el periodista Carlos Samayoa Lizárraga, autor también del célebre título: “Matóla, violóla y encostalóla”, que permanece ya inscrito en la mente de los mexicanos. Basta que alguien lo escuche, para que dibuje una pequeña sonrisa y recuerde después alguna historia leída en un viejo ejemplar de Alarma!, que en sus mejores épocas llegó a imprimir más de dos millones de ejemplares.

MALOS PENSAMIENTOS

Pero, ¿cómo entender a una revista como Alarma!? Una publicación tétrica, por decir lo menos, que presenta a la muerte en medio de un humor ácido, recalcitrante. Basta ver algunas de sus cabezas para entender de lo que hablo: “Sonó un tiro y Juan Manuel sólo dijo: ¡Ay!”, “Le gritó: ¡te voy a matar!, y que lo va cumpliendo” o “El mujercito quiso pedir perdón, pero ya estaba muerto”.

En Alarma! las cabezas juzgan, aniquilan. Los adjetivos son aplastantes y enjuician “al mujercito, a la hombrecita, al hippie greñudo o al casado rabo verde”. El ridículo como forma de castigo por todas las fechorías cometidas por el “vil raterazo, el viejo calenturiento, la mala madre o el hijo ambicioso y sin escrúpulos”. Nadie queda a salvo. Todos, de una manera u otra, pasan por la filosa cuchilla de sus páginas.




Pero entonces, ¿cómo entender a una revista como Alarma!? ¿Es necesario hacerlo? Su aportación, además del periodístico (en sus páginas se dan a conocer hechos policíacos de todo el país) debe encontrarse en que nos descifra como sociedad. Nos desviste y nos trae a la memoria nuestro pasado particularmente violento.

No sólo eso. Funciona como una válvula de escape, que libera la violencia contenida, los malos pensamientos. La suya es una lectura catártica que al final termina por liberarnos, tal y como hace un libro o una película.

En medio de un mercado saturado de publicaciones de nota roja -incluso de aquellos grupos editoriales que critican la exhibición de la violencia- ésta, la catarsis, es su mayor aportación. Una mala broma que nos provoca una sonrisa perpleja y nos permite observarnos al interior de nosotros mismos.

Al final del tiempo, cuando se prepare un publicación conmemorativa por los 100 años del surgimiento de Alarma! quedarán dos cosas. El registro puntual de los acontecimientos trágicos que marcaron determinada época (“si dice 23 balazos, es porque le dieron 23 balazos”) y la función social que cumplió, aunque no fuera del todo consciente. (Juan Carlos Aguilar García)

  

01 enero 2013

¡Tacos, joven!


La Ciudad de México, inabarcable y descomunal como es, tiene entre sus hijos consentidos a todos aquellos personajes populares que proveen a sus paseantes de un poco de diversión y risas y, desde luego, alimento rico y balanceado, que siempre cae bien cuando uno anda en la calle con el estómago pegado al espinazo.

Merolicos, payasos de crucero y organilleros, por un lado. Por otro, el tortero, el camotero (provecho) y los múltiples vendedores de papas y chicharrones preparados. Pero esperen, ellos son poco sin nuestro personaje más querido: el taquero, proveedor de tantos placeres para todos los famélicos defeños.

Hay tacos de todo tipo y para todos los presupuestos. Conozcamos un poco más de ellos a través de la pluma del periodista Ricardo Cortés Tamayo, quien en 1974 publicó el libro Tipos populares de la Ciudad de México, en donde dedica unas páginas a estos héroes del taco placero.    

DOS CON TODO
Antes, era cosa de ver y por supuesto de comer, el taquero salía a la calle. La gente aún no deletreaba el silabario de la salubridad ni, analfabeta, desentrañaba los tratados de buenas costumbres, y era por eso que se arremolinaba en rededor de nuestro hombre.

El taquero, apresurado el movimiento, encrespado el gesto por el asedio, pero el pecho en la satisfacción de la demanda, como nada más diciendo que calmantes montes, alicantes pintos, pájaros cantantes. Y que para todos hay como no arrebaten.

Sin embargo, no para todos había: quien por pedidos no los alcanzaba y quienes, aquellos de todas las grandes ciudades como la nuestra, un día comiendo y otro ayunando; aunque fuesen los tacos a cincuenta centavos, o a menos.

Abundó antes, pues, el taquero ambulante de grandes canastas, rimero de papel estraza cortado en cuadros de quince centímetros por lado. La canasta sobre la tijera de palo -de uno de los maderos transversales pendiente el frasco de los chiles en vinagre-, que bajo servilletas arropadas resguardaba los tacos calientitos, sudados, vaporosos; suaves plumones maizales.

Taqueros dignos de esos cordones azules que condecoran, en lugares como Francia, a los grandes cocineros llamados chefs, ésos llevando sobre la cabeza altos gorros almidonados de blancura impecable de los cuales parece va a salir un conejo blanco sobre la cacerola de hervidos aceites y allí extender las largas orejas y los redondos ojos colorados; unos ojos colorados igual a las cerezas que en los cocteles que allí, en los restaurantes popofianos, sirven sobre manteles también blancos cruzados de paños rojos como las capas de los cardenales.

Pero estamos hablando de México y de darle gusto al gusto que son, todavía porque ahora se han refugiado en los angostos quicios de los zaguanes, los tacos de canasta.

El irresistible picor de los de chicharrón; la molicie de los de mole; los de tinga que enredan la lengua en la pasión sabrosa; los de frijoles, espasmo de la delicia. Y todavía el pregón glorioso: ¡Tacos, joven!      

PURO ESTILACHO
Hoy día los taqueros han evolucionado, tienen casa puesta, vamos, establecimientos en viviendas y edificios con puertas a la calle; los hay que arrancaron, entre estos, de tiempos difíciles de la canasta sobre su tijera de palo, pero si lloran no se acuerdan de las aceras mojadas o ardorosas de sol ni los techos de láminas o asbestos de los puestos semifijos.

No usan ya turbios delantales quebradizos a mantecas negras y huellas digitales impresas con salsas endiabladas, sino pecheras como camisas porfirianas; espejeando almidones y, en un tris, botonaduras preciosas.   

Se han vuelto, muchos, presumidos; aunque esto de la presumida sea según y conforme el color de la taquería, porque los hay como siempre los ha habido, unos capaces de doblar el pilón de los chiles encurtidos, esos panzoncitos que se aplastan entre los clientes y en ellos y el paladar van dejando pulpa y sangre picosas pero sabrosas; otros incapaces de dar al cliente dos servilletas de estraza, por aquello de que el papel anda, como todo, por las nubes.

Hay taqueros de carquís instalados por zonas rosadas o doradas que cubren la cabeza con gorros de esos parados que ya llevamos hablados, dispuestos a saltar la magia de un conejo blanco de ojos redondos y colorados; o como cualesquiera cachucha o pelambre de la barriada, lo mismo en Dr. Balmis en las cercanías con Manuel Payno que por Santa María la Redonda a inmediación de Francisco González Bocanegra, dispuestos a disfrazar gato por liebre, perro golondrino por carnero lanudo, si se trata de tacos de barbacoa; y si de longanizas olorosas y chorizos incitantes caballejo de pica por vaca retozadora y pensativa.

Los hay de taquerías donde hay que comer como las reglas de morder tacos mandan y es oprimiendo el rollito de la tortilla suavecito entre los dedos de la mano, la izquierda si uno es Vicente Saldívar, o la derecha si uno es Rafael Herrera o Rubén Olivares; el índice, el cordial, el anular arriba; el pulgar y el meñique abajo, levantándole un poquito los extremos para eso, para no regarla.

Bueno, éstos son los taqueros que ponen por delante plato y servilleta, sales y salsas, que ya las cerbatanas y refrescos van a petición del público. (Juan Carlos Aguilar García)  

30 diciembre 2012

Es tarde para la vida pero no para la justicia: Jon Lee Anderson

Hace algunos días, durante su visita a nuestro país, el escritor y periodista estadounidense Jon Lee Anderson -corresponsal de guerra para The New Yorker- afirmó respecto de las miles de víctimas que dejó (y sigue dejando) la supuesta guerra que el gobierno de Felipe Calderón emprendió contra el narcotráfico: “Ya es tarde para la vida, pero no es tarde para la justicia”.

Activistas y defensores de derechos humanos coinciden que en algunos años, cuando termine esta pesadilla y los periódicos informen de la última muerte ligada a esta tragedia nacional, tendrá que venir forzosamente un juicio legal contra todos los responsables, tal y como sucedió en Argentina o Chile, por citar sólo dos ejemplos.

Pero ¿de qué se les enjuiciará a los culpables?, ¿cuáles serán sus cargos?, ¿cómo saberlo cuando el gobierno saliente ha procurado una serie de candados para que esa información quede reservada? O, peor aún: ¿cómo saberlo cuando la información simplemente no existe? No hay, por ejemplo, una cifra exacta de cuántos muertos y cuántos desaparecidos; cuántos inocentes y cuántos culpables.

Aquí es justo donde entra una pieza clave: el periodismo, fundamental para construir la memoria histórica de un país. Conscientes de esto, reporteros de todo México,  remando contra todas las adversidades, llevan a cabo dos labores importantísimas. Primero: realizan el conteo de víctimas y desaparecidos. Ya lo dijo el periodista Diego Enrique Osorno en estas mismas páginas: antes que nada es necesario conocer el tamaño del problema, saber dónde estamos parados, para después buscar las soluciones.

Y segundo: hacen la narración detallada de los hechos, a través de miles de crónicas, que además tienen la virtud de explicar por qué ocurrieron estos acontecimientos.
NARCOHISTORIAS

En los últimos seis años, ha habido un boom en la crónica periodística en nuestro país. Se han editado decenas de libros sobre el tema, desde distintas perspectivas y con diferentes niveles de calidad. Con el tiempo se sabrá cuáles son los clásicos que no debemos dejar de leer para comprender este ominoso capítulo de nuestra historia.

Sin embargo, algunos de estas obras se volvieron imprescindibles desde el momento mismo de su publicación. La primera de ellas es Los señores del narco de la periodista Anabel Hernández.

Publicado en noviembre 2010, el reportaje pone al descubierto las profundas y añejas complicidades de la clase política con el narcotráfico. Basada en una profunda investigación en la que tuvo acceso a documentos inéditos, testimonios de expertos en el tema, gente relacionada directamente con los cárteles de la droga y autoridades policiacas, la autora hace un exhaustivo recorrido por el tráfico de marihuana y cocaína desde la década de los setenta hasta nuestros días.

Hace cuarenta años, dice la autora, los roles estaban muy bien definidos: el gobierno controlaba a los narcotraficantes, a quienes incluso cobraba cuotas ya establecidas para permitirles cruzar la mercancía por todo el país. Había acuerdos claros en los que ambos bandos tenían jugosas ganancias.

Sin embargo, la ambición era mucha. Las cosas cambiaron en poco tiempo. En la siguiente década, los capos ya habían logrado no sólo corromper a algunas autoridades, sino que habían conseguido que se cambiaran de bando.

Con esto, sucedió que el poder del gobierno sobre los narcotraficantes se desdibujó, lo que derivó en la situación en la que ahora nos encontramos: capos que controlan su negocio y que además tienen tanto poder económico que les alcanza para tener también poder político. Son ellos quienes deciden quién gobernará municipios y estados. El gobierno, ahora, al servicio del narco. La llamada narcopolítica, que ha permitido que personajes como Joaquín “El Chapo” Guzmán se convirtiera en poco tiempo en uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo. Con esta colusión de intereses, Anabel Hernández se pregunta: ¿existe realmente una guerra contra el narcotráfico?
























LOS ZETAS
Otro libro relevante por la cantidad de información (y revelaciones) que se encuentra en sus páginas es La Guerra de los Zetas del periodista Diego Enrique Osorno.
Publicada en este 2012, la obra reúne 14 crónicas, producto del largo recorrido que Osorno hizo por Tamaulipas y Monterrey, en su afán por seguir de cerca a la que es considerada una de las organizaciones más sanguinarias de los últimos tiempos.

Para el también autor de País de muertos es muy claro que esta supuesta guerra contra el narcotráfico es incitada por la misma clase política por los beneficios políticos y económicos que ésta trae. La guerra como un negocio lucrativo que nadie quiere detener y que contagia a la población.

“La violencia extrema no es desgraciadamente particularidad de uno u otro bando, está ya desbordada, porque tuvimos un presidente que irresponsablemente usó el tema del narcotráfico para resolver su crisis política, y permitió que se levantara toda una industria de guerra a la que no le interesa en lo más mínimo resolver el
tema del narcotráfico. 


“Lo que le interesa es mantener su maquinaria aceitada, funcionando, para que quienes la controlan sigan teniendo una importancia en el poder político y para que algunos también se beneficien económicamente. 

“A ellos no les importa que los Zetas desaparezcan ni nada; les importa mantener este planteamiento de que la violencia se resuelve con violencia. Esta dinámica hace que todos los grupos involucrados, e incluso los ciudadanos de a pie, se vuelvan muy violentos”, afirma Osorno.

Con diferentes perspectivas, el mensaje en el fondo es el mismo: ni olvido ni perdón para los responsables de los miles de muertos que marcaron de rojo sangre el sexenio de Calderón.

La memoria histórica está en cada reportaje, en cada crónica y en cada nota publicada sobre este tema. Ahí está la prueba irrefutable de lo que ocurrió y que no pocos involucrados ya empiezan a negar tajantemente. (Juan Carlos Aguilar García)

11 diciembre 2012

El hampa... confidencialmente


El periodista policiaco José Pérez Moreno, quien durante muchos años cautivó con sus crónicas a los lectores del periódico El Universal, escribía lo siguiente en el prólogo del libro El hampa… confidencialmente:

“El estudio del ‘caló’ con el que se comunican los delincuentes no es solamente útil en alto grado para la policía, sino también para el jurista, para el sociólogo, para el criminalista, y, en fin, para todos los hombres que por sus deberes o por sus disciplinas científicas tienen que habérselas con el bajo mundo”.

Justo esa es la intención de este peculiar manual, editado en 1955 por el Servicio Secreto, bajo la autoría del profesor Elgin Rod. El libro está dedicado “a todos los elementos policíacos en general, a cuya oscura y heroica labor debe la sociedad el tranquilo disfrute de sus vidas y sus bienes”. Y en la siguiente página, una sentencia para los capitalinos que ya desde entonces padecían las “destrezas” de malandrines y estafadores: “Prevenir a la sociedad contra la delincuentes, es servirla”.


Portada de El Hampa, editado en 1955 

CALÓ Y MALAS MAÑAS

La obra está dividida en dos partes: la primera contiene un amplio glosario, de la A a la Z, en el que se descifra el argot del “bajo mundo”. En opinión del autor, su aprendizaje debería ser obligatorio, pues eso permitiría combatir más eficazmente el crimen. Esto sin contar con que este “dialecto turbio” o “idioma infame”, como lo califica Elgin Rod, muchas veces iba acompañado de diferentes ademanes y contraseñas. Mal descifradas, el “gil” (la víctima) podría perder no sólo sus pertenencias, sino la vida misma.  

La segunda parte está dedicada a las diferentes argucias que utilizaban los malhechores para despojar de sus pertenencias al posible sacrificado. Según lo que se deseara robar, se ocupaba una herramienta diferente. Entre las más comunes se encontraban la “chorla” (llave falsa con punta en forma de cruz, útil para abrir chapas tipo Yale), la “espada” (pequeña tira metálica, ideal para abrir cerraduras), o el “santoniño” (barreta metálica que ayudaba a abrir candados).

Una vez elegida la herramienta más adecuada, se ejecutaba todo un plan maestro mediante el cual se timaba a la víctima sin ser, en la mayoría de las veces, golpeada o asesinada.

Así, estaba el “mete manos” (delincuentes de ínfima categoría, por lo regular niños, que deambulaban en los mercados), los “basteros” o “pungas” (carteristas que comúnmente operaban en los tranvías, ferrocarriles y camiones), o las “beatas balín” (mujeres disfrazadas de monjas que pedían limosna para el sostenimiento de causas inexistentes).     

Ahora que si lo que se buscaba era un saqueo mayor, lo mejor era ser “boquetero”   o “coscorronero”. Los primeros debían su nombre a que a punta ‘dea-cachetadas’ hacían un boquete en la pared, regularmente de una joyería o una sucursal bancaria, por el cual se introducían para concretar el robo. ‘Dea-coscorrón’ o ‘dea-tachuelazo’ eran los que hacían el orificio en el techo.

Los “cachuqueros” eran aquellos que se dedicaban a fabricar dinero falso, los cuales trabajaban en complicidad con los “voltiadores”, quienes se encargaban de ‘voltiar’ (circular) el dinero.      

Pero esperen, que las modalidades de hurto son muchas. Los “corniceros” o “posteros” son aquellos que entraban a comercios o casa habitación en altas horas de la noche. Su nombre se debe a que trepaban por las cornisas. También había “cristaleros”, “zorreros”, (los ‘zorros’ usaban zapatos con suela de goma para no hacer ruido) y “estucheros” (violadores de cajas fuerte).

La obra fue editada por el Servicio Secreto 


EL TIMO DEL BILLETE

Muchos, desde luego, eran los timos de los delincuentes, pero acaso uno de los más utilizados era el llamado: Timo del billete de lotería premiado. Aunque en la actualidad hoy nadie se tragaría semejante teatrito, en los años 50 muchas personas cayeron redonditas. Esta era la treta en palabras del propio Elgin Rod:

“Uno de los delincuentes aborda a la víctima y le pregunta por determinada calle, simulando ser extraño en la población; entablando plática le muestra un billete de la Lotería Nacional que figura como premiado en la lista de sorteos.

"Cuando el delincuente ha logrado avivar el interés de la víctima y también la codicia, entra a escena un segundo delincuente, quien aparentando ser un transeúnte común propone realizar una magnífica transacción con el “billete premiado.

"Para entonces, el dueño del billete ha expuesto desconocer la ciudad, el sitio donde se cobran los premios y la carencia de tiempo para realizarlo; finalmente, está dispuesto a perder parte del premio con tal de poderlo canjear por dinero inmediatamente.

"El segundo delincuente extrae billetes legítimos de su cartera y ofrece dar la mitad del costo de la transacción para adquirir el billete con un amplío margen de lucro, y acto seguido persuade a la víctima para que aporte otra cantidad igual, obteniendo así el “billete premiado.

"El segundo delincuente entrega el billete (que está dentro de un sobre) a la víctima y demostrándole su confianza, se cita en cualquier momento posterior para cobrar el premio.

"La mente codiciosa de la víctima ya planea cobrar y quedarse con el premio total, sin embargo es en ese momento cuando descubre que el sobre sólo tiene un billete balín que ha sido alterado o un billete ya pasado. La víctima, completamente sola de  nuevo, ha sido timada. No hay nada que hacer".  (Texto y fotos: Juan Carlos Aguilar García) 

04 diciembre 2012

Cine snuff: el aberrante mito que todos disfrutamos


En 1976, en Nueva York, los apasionados al cine gore quedaron enganchados a la publicidad de una extraña película que prometía lo que ninguna: “La cosa más sangrienta que jamás haya pasado enfrente de una cámara”.

Animados por la oferta, muchos de ellos decidieron entrar a la sala. 

No lo hubieran hecho. El gozo se convirtió rápidamente en pesadilla al percatarse del grado de violencia del filme. Terminaron asqueados y aborreciendo lo que acababan de ver.

Según sus propias palabras, lo espeluznante de la cinta no se encontraba en los litros y litros de sangre, sino en el asesinato real que ahí se cometía. Se trataba de la película Snuff, dirigida por el matrimonio Michael y Roberta Findlay -en colaboración con Horacio Fredriksson y Simon Nuchtern- que rápidamente empezó a ser comentada en los circuitos underground.

Nadie daba crédito. ¡Un asesinato real dentro de la cinta! Con este hecho iniciaba una de los mitos cinematográficos más terribles: el llamado cine snuff, que parte del hecho de que se asesinan a personas enfrente de una cámara, con el fin de comercializar el material.

En la actualidad, 36 años después de haber surgido el mito, aún hay algunos incrédulos que se esmeran por perpetuar esta idea. Aseguran tener conocimiento de los lugares donde es grabado este tipo de material: que si en una zona selvática de latinoamérica, en una playa virgen en Tailandia o en la mansión de un rico excéntrico.

Lo cierto es que hoy en día, especialistas del mundo entero coinciden en una cosa: todo fue una invención creada a partir de una ingeniosa campaña publicitaria que aseguró numerosos billetes para su creador.



ARDID PUBLICITARIO

Jorge Grajales, experto en subgéneros “despreciados” –entiéndase el cine gore, slasher (de asesinos en serie) o de zombies- y responsable desde hace más de una década del ya mítico cineclub del Centro Cultural José Martí, señala de manera contundente: “El cine snuff no existe. Curiosamente es uno de esos mitos que el mismo cine se ha encargado de alimentar y retroalimentar”.

Y hace un poco de historia: “La polémica empezó a mediados de los setenta cuando se decía que en algunos pequeños cines porno de la calle 42 de Nueva York, se proyectaban algunas películas en las que al final asesinaban a la protagonista. El rumor se empezó a difundir hasta que se convirtió en una leyenda urbana, porque hasta entonces nadie lo había podido verificar.
“Con todo ese barullo que se estaba armando, el productor Allan Shackleton vio una buena oportunidad para ganar dinero. Al borde de la banca rota, pudo comprar una película que el matrimonio Findlay —conocido dentro del mundo underground por realizar películas de extrema violencia— filmó en Argentina en 1971, basada en la matanza perpetrada por la secta de Charles Manson. La cinta era tan mala que jamás se estrenó.

“Shackleton le agregó una escena final en la que se ve cómo el supuesto director, una vez terminada la filmación, intenta tener sexo con la sonidista. Al ver que la cámara sigue encendida, ésta lo rechaza. Entonces el director comienza a golpearla, le abre el estómago y le saca las tripas. Segundos después la pantalla se va a negros, mientras se escucha que alguien pregunta: ‘¿Alcanzaste a grabar todo?’, mientras otra voz responde: ‘Sí, lo tengo. Vámonos de aquí’”.

Al final, no aparece ningún crédito, lo que refuerza la idea de que lo que se está viendo es verídico. Además, cambió el nombre de la cinta. De Slaughter (masacre) a Snuff (utilizado en su acepción de matar).

En el cartel publicitario aparecía el dibujo de una mujer ultrajada con las siguientes afirmaciones: “Snuff, la película que sólo pudo haber sido hecha en sudamérica, donde la vida es BARATA”, y “La película que decían nunca sería estrenada”.

Luego de intensas investigaciones, Shackleton tuvo que aceptar que todo fue un montaje y que no se había lastimado a nadie durante la filmación.

También se habló de algunas grabaciones que el asesino en serie David Berkowitz, bautizado como El hijo de Sam, realizó en 1977 con algunos de sus crímenes, con fines netamente comerciales. No obstante, hasta ahora nadie ha podido comprobar nada.

Ese mismo año apareció la cinta Last house on dead end street (La última casa del callejón sin salida), de Roger Michael Watkings, en la que se ve cómo mutilan a una mujer en una mesa de operaciones. Se trataba de otra cinta de violencia extrema, aunque sin muertos reales.

SEUDO SNUFF

Pero, ¿no es ser demasiado benevolente con el ser humano al creer que no existe el cine snuff? Muchas son las voces que dicen que cualquiera con una cámara en mano podría hacerlo. Tal vez sí, pero entonces se estaría hablando de cualquier otra cosa menos de cine snuff.

En este punto, Grajales es claro: “Cuando se habla de la existencia del cine snuff, se habla también de una industria, en la que se busca a personas para matarlas frente a una cámara, para después hacer un negocio con esas imágenes. De eso se trata justamente”.

Hay una diferencia, por ejemplo, con los psicópatas que han grabado sus asesinatos en video, para después deleitarse viéndolos una y otra vez. No es snuff porque no fueron hechos para comercializarse. En el caso inverso, están las muertes que son capturadas por la cámaras de televisión, con las cuales muchas veces se lucra, pero que de ningún modo propiciaron la tragedia para su registro.

Tal es el caso de imágenes de guerra, tortura, rituales caníbales, accidentes automovilísticos, incendios, etcétera. Este tipo de “chocomentales” pertenecen al subgénero conocido como Mondo, en el que se encuentran títulos como las italianas Perro Mundo o la famosa serie de Trauma.

“Lo más cercano al snuff, quizá, ocurrió hace como algunos años, en China. Un grupo de muchachas vestidas con trajes provocadores filmaban asesinatos de animales y lucraban con ello. Sin embargo, hubo una investigación y al final dieron con la mujer que hacía esto. ¿Por qué no pasa lo mismo con la industria del snuff? Simplemente porque no existe”.

En estas tres décadas se han proyectado también cintas seudo snuff como Cannibal Holocaust, de Ruggero Deodato, y la serie japonesa Guinea Pig, pero nada más.

El director de cintas hardcore, Frank Henenlotter, quien ofreció un millón de dólares a quien le llevara un verdadero producto snuff, tendrá que seguir esperando...



—Así que la gente tendrá que conformarse con cintas seudo snuff…

—Yo no sé qué más quieren. En cualquier puesto de periódicos pueden ver la revista Alarma! y enterarse de decenas de tragedias con la prosa tan bonita con la que presentan los casos. O en la televisión, con videos como el de Aguas Blancas o los linchados de Tláhuac. Todos esos videos sí que lindan con el verdadero snuff. 

21 noviembre 2012

Un desheredado en la ciudad


I

“Acompáñame, no tengas miedo, para que conozcas a mis compas”, me dice Miguel Ángel mientras caminamos por un callejón en el que nunca antes había estado.

Quiero conocer el lugar donde compra su activo, pero en el camino ya no me parece tan buena idea. Está oscureciendo y ni siquiera sabría encontrar con facilidad una avenida principal.

“Ándale, son buenos tipos; hay como veinte ahorita”, insiste sin detener sus pasos frágiles, titubeantes, luego de atascarse con tres monas bien servidas que escurrían “como chocolatito”, como dice él.

“No, mejor aquí te espero… ve y yo aquí me estoy”, le digo finalmente, mientras él se pierde algunos metros más adelante cuando dobla en una esquina. Lo espero durante más de media hora, pero no vuelve a aparecer. Es la última vez que veo a Miguel Ángel.


II

Miguel Ángel es indigente. Duerme donde puede y sólo posee la ropa que trae puesta. Tiene 67 años, es drogadicto y alcohólico, y desde hace algún tiempo dejó de preocuparse demasiado por su futuro. Sin ninguna aspiración, cada día vive en dos mundos: entre los desplantes y agresiones de la realidad, y la euforia desmedida que le ofrece el chemo.

Antes, joven soberbio y ambicioso, Miguel Ángel fue padrote, vendedor de marihuana y pollero. No sólo eso. También fue un conquistador, me dice, que tuvo mujeres por montones. “Fui un verdadero cabrón, la verdad, muy ojete con todas ellas. Era tan hijo de la chingada que todos me conocían como  El Chacal. Pero ya no, eso fue antes”.

Chacal. Entiéndase un mamífero carnívoro, a medio camino entre el zorro y el lobo, que es carroñero y de costumbres gregarias. Así es precisamente El Chacal: gregario y disperso.

Y es que el activo ha hecho mella en su persona: su mente divaga y difícilmente puede sostener una conversación. Además de que tiene toda la sintomatología de un adicto: inflamación y manchas alrededor de la boca, sangrado constante de la nariz, dificultad para expresarse y una apariencia general de tener gripa.

Por fortuna conmigo es amable y hasta muestra momentos de energía. Responde a cuanta pregunta le hago y ni siquiera se inhibe con mi cámara. Le pregunto si puedo tomarle algunas fotografías y me dice que todas las que yo quiera. Ese fue el inicio de una gran charla que se prolongaría durante las próximas cinco horas.

Me encontré con él un sábado de septiembre afuera de la iglesia San Juan de Dios, en la plaza que lleva el mismo nombre, donde también se encuentra el museo Franz Mayer, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

En un pequeño rincón que no rebasa los dos metros cuadrados, tiene todo lo que posee en esta vida: una colchoneta, un par de cobijas, algo de comida, un sombrero y una figura de San Judas Tadeo (es fiel al santo de las causas perdidas). “Nada me falta, tengo todo lo que necesito. Antes tenía mi casa aquí a la vuelta, pero por vender droga estuve en la cárcel y perdí todo. Pero, ¿te digo algo? Soy feliz”.

“¿Y su familia?” -le pregunto.
“Mi madre murió cuando era niño y mi padre pocos años después. Huérfano, conocí a unos polleros y comencé a trabajar con ellos. Tampoco tengo esposa ni hijos, pero sí a una viejita linda. Soy feliz, la verdad”.  
“¿Tienes hambre? Te invito unos tacos” -le digo.
“Ya vas Barrabás”.




III

Miguel Ángel es originario de Veracruz, pero pronto abandonó el estado para ir a la frontera norte del país para dedicarse a cruzar indocumentados. Años después llegó a la Ciudad de México y nunca más cambió de residencia: aquí halló todo lo que deseaba. En sus buenos tiempos visitó cuanto burdel se encontraba; en estos lugares convivió con asaltantes, golpeadores, violadores y drogadictos. Fue padrote y abusador. Poco tiempo después comenzó a vender marihuana. Ganó buen dinero, pero así como llegó, se fue.

Mientras come sus diez tacos de suadero, me cuenta que siempre ha sido muy bueno para repartir cates. “Pum, pum, pum y ¡zas!, en dos patadas me los despachaba”, relata a la vez que lanza algunos golpes al aire. “Todavía me descuento a uno que otro, no te creas”.

Después de los tacos, lo invito a una cantina donde nos tomamos unas cervezas. Dejo que hable todo lo que quiera y que se sienta en confianza. Entre muchas cosas, me dice que un día deberíamos de dar la vuelta por Garibaldi, que ahí todo el mundo lo conoce. “Tú nomás di que eres mi sobrino y no tendrás ninguna bronca”.

Luego, con la ligereza que da haber tomado algunas cervezas, me confiesa al oído: “No y qué te cuento. Hace un mes asesiné a una señora. Le di varios rocazos en la cabeza ¡y que se empieza a convulsionar! Me pelé como pude, de pendejo me quedo ahí, ¿no crees?”.
      

IV

Después de beber y comer, Miguel Ángel me lleva de regreso al lugar donde lo encontré. Se recuesta y comienza a inhalar. Yo aprovecho para tomar más fotografías, tal y como he hecho todo este tiempo.

Ahí tirado, con la mirada extraviada y el cuerpo fragilísimo, pienso que El Chacal es víctima de él mismo, de sus acciones perversas, de su orfandad prematura, de su pobreza y de sus adicciones.

Un hombre que teniendo todo en contra deseó dar un giro a su vida, hacerla en grande -te juro por esta que ahora sí salimos de pobres- y cuál, no pasó nada, la miseria lo siguió hasta el final de sus días.

Es víctima de sí mismo, es cierto, pero también es víctima de la sociedad egoísta que discrimina a personas como él. Un desarraigado en su propia tierra, un lumpen, como dirían los estudiosos. Víctima de un sistema económico que los anula sin más. Para ellos no hay nada, ni un sólo chance. Jodido naciste y jodido morirás. Inténtalo si quieres, pero de ahí no pasas.

¿En qué momento Miguel Ángel se dejó llevar a la situación en la que se encuentra ahora?



V

“¿Y dónde compras tu activo?”
“Aquí atrás, en una vecindad. Vamos, acompáñame”.

Pienso que es una buena oportunidad para tomar más fotografías, unas que nadie tendría. Y entonces nos dirigimos a donde dice Miguel Ángel. No lo conozco bien e incluso me acaba de contar a detalle cómo asesinó a una mujer y cómo la abandonó en un terreno baldío, pero extrañamente confío en él.

“¿Cuántos rocazos le diste a la mujer? ¿Alguien te vio?”
“Como seis o siete, en la mera cabezota. Me vio un compa que me dijo que no corriera, que caminara como si nada, pero de pendejo le hago caso”. 

Caminamos en silencio por varias calles solitarias: mi acompañante ya va muy drogado. De algún modo voy solo a no sé dónde diablos. Al final, considero que no es buena idea acompañarlo. Prefiero esperar y seguir platicando después, pero ya no vuelve.   

Tras media hora de espera guardo mi cámara y regreso por donde habíamos venido. Después de unos minutos me encuentro, de nuevo, frente a la apatía de millones de personas que diariamente deambulan por la urbe. Miles de autos, miles de personas dirigiéndose presurosas a no sé dónde. Dudo un poco antes de dejarme tragar por el bullicio citadino, pero al final no tengo opción. Solo en medio del caos.

De algún modo, en algún breve instante, todos somos Miguel Ángel, todos somos El Chacal. Unos desheredados en nuestra propia tierra...(Texto y fotos: Juan Carlos Aguilar García)