27 junio 2010

Miedo de campeón!!!

Juan Carlos Aguilar García
Visto a la distancia, Joe “The Hammer” Hamilton era un hombre colosal. Su cuerpo entero era una mole de más de 120 kilos construida sólo de músculos. Era tan fuerte que una buena combinación de sus puños hubiera sido mortal para cualquier ser humano. Visto así -y no podía verse de otro modo- era tan peligroso como una Beretta 9mm colocada en medio de nuestros ojos por un maniático.
Sin embargo, a una corta distancia, esa fortaleza mostraba fisuras: su rostro, con una hinchazón que ya formaba parte de su fisonomía, tenía cicatrices profundas, huellas indelebles del tortuoso camino que había elegido para resarcir las carencias que padeció en la infancia. En el box hay dinero, y mucho, le habían dicho. Así que no lo pensó dos veces y al día siguiente abandonó la escuela para ponerse a entrenar como una fiera desbocada. Tenía 14 años.
Sólo que ahora esa fiera comenzaba a cansarse. Más que eso. Estaba herida de muerte y cada día le costaba más disimularlo. Ya no era el chico de pegada durísima y movimientos rápidos. Era ágil, por supuesto, y fuerte, muy fuerte, pero no tanto como para enfrentar a un “toro” como él pero veinte años más joven.
Abajo del ring, le hubiera ganado con una mano a quien se le pusiera enfrente, pero arriba era otra cosa. Un golpe bien conectado de un peso completo, podría mandar al otro mundo y sin escalas a cualquiera. Él mismo había realizado tal proeza (si es que así puede llamársele) en un par de ocasiones, durante las dos primeras defensas de su título de peso completo.
Había luchado tanto por ese cinturón que no estaba dispuesto a perderlo tan fácilmente. “Quien quiera arrebatármelo, antes tendrá que matarme”, le gustaba declarar ante la prensa.
Literalmente fueron peleas a muerte. La primera de ellas, contra Arthur Lee, “El aniquilador”, terminó en el octavo round. Joe Hamilton soltó su furia desde el primer asalto y no bajó el ritmo ni un instante. Durante los 24 minutos que suman los ocho asaltos no dejó de mandar golpes sobre la humanidad de Lee… hasta que, luego de un poderosísimo gancho al hígado, lo mandó fuera del ring. Murió cinco minutos después con los órganos totalmente destrozados.
La otra pelea fue contra Roger Scott. Esta vez la estrategia de “The Hammer” (El martillo) fue machacar la cabeza de su contrincante. En los 12 rounds no dirigió un sólo golpe al cuerpo, todos fueron al rostro. Terminó con los ojos botados, totalmente fuera de sus orbitas, la nariz metida en el rostro y la quijada hecha añicos. Murió luego de 30 días de agonía en el hospital. Su familia lo reconoció solo por el diente de oro que adornaba su sonrisa.
MIEDO DE CAMPEÓN
Pero todo esto eran sólo buenos recuerdos de una época que se le escurría como arena entre las manos. En todo este tiempo él no había salido muy bien librado. Su nariz, completamente deformada, tenía múltiples fracturas que durante los últimos años le habían impedido una buena respiración. A todas horas se sentía sofocado, constipado, lo cual lo obligaba a respirar por la boca.
Sus puños lucían afectados por los miles de golpes que había repartido a lo largo de los veinte años que tenía como profesional. Deformes y con las venas saltadas, ya no tenían la misma fuerza de antaño y él lo sabía. Se sentía débil y con la misma sensación que se tiene cuando se anda con el estómago vacío.
Ahí, parado delante del espejo de cuerpo completo, por primera vez tuvo miedo. Mucho miedo. En una hora realizaría su pelea 112, a la que llegaba con un récord sorprendente: 108 encuentros ganados (96 por nocaut), tres empates y sólo una derrota: Jim Tyler había sido el único que le había hecho ver su suerte. No sólo le quitó lo invicto, sino que fue el primero que logró derribarlo. Él y Tyler volverían a enfrentarse esta noche y ese era el origen de su miedo.
LA PELEA DE SU VIDA
Joe Hamilton entendía que había comenzado su caída. Podría perder el título y luego encharcarse en una racha de derrotas que lo hubiera obligado a tocar fondo. Como retador, su sueldo se reduciría a la mitad e incluso comenzarían a programarlo en plazas poco importantes. Sería más una atracción de circo que “The Hammer”, el invencible. Los niños pedirían tomarse una foto con “el viejo” Hamilton y él, con la necesidad en el estómago, lo haría con mucho gusto hasta por medio dólar.
Por eso esta pelea era la más importante de su vida. Si ganaba, las cosas podrían ser muy diferentes, ganaría unos cuantos millones de dólares más y luego se retiraría dignamente. Algo que se antojaba complicado si se veía el historial de Tyler, que era más discreto pero igual de increíble: 57 peleas: 56 ganadas por nocaut, y una derrota contra Hamilton, quien le ganó por decisión.
Tyler sabía perfectamente que para superar al maestro tenía que matarlo. Eso es lo que quería hacer esa noche, era su más anhelado sueño.
En unos minutos, las bestias se aniquilarían en uno de los más sangrientos combates de la historia del box.
Tyler estaba listo. Tenía una condición física perfecta y no adolecía absolutamente de nada. Era una máquina asesina…
Hamilton, por su parte, se sentía algo débil, aunque con la confianza de tener 55 peleas más de experiencia. Sabía cómo conservar su energía para cuando en verdad la necesitara. No era tan rápido, pero tenía un excelente movimiento de cintura. Todo estaba bien, excepto por ese cosquilleo en las manos que no lo dejaba en paz.
Al final se olvidó de todo, se puso su bata de seda azul y salió de su camerino para enfrentar su propio destino…

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